A finales de los años 90, en San Cristóbal (Táchira), Dorángel Vargas, un hombre con esquizofrenia paranoide y en situación de indigencia, se estableció bajo el Puente Libertador. Allí, lejos de ser un simple vagabundo, se convirtió en un depredador metódico que cazaba seres humanos (principalmente hombres jóvenes y delgados) para alimentarse.