Un suspiro ahogado exhalóse del pecho del joven, y la miró tristemente.
-¡Ay! -dijo en voz baja-,terrible es oír decir tranquilamente a la mujer que se ama: el mo¬mento de vuestro suplicio está fijado, será de¬ntro de algunas horas. Pero no importa, es me¬nester que sea así, y por mi parte no pondré la menor resistencia. ¡Pues bien!, puesto que, según decís, no se espera más que al señor d'E-pinay para firmar el contrato, puesto que vais a ser suya al otro día de su llegada, mañana lo seréis, porque ha llegado a París esta mañana. Valentina lanzó un grito.