El mayor miró a Montecristo con una inefable expresión de inquietud.
-Yo puedo hacerlo -respondió Montecristo. El mayor se incorporó.
-¡Ah, ah! -dijo- ¿La carta era verdadera?
-¿Lo dudabais, querido señor Bartolomé?
-¡No, jamás! ¡Como, un hombre grave, un hombre investido de un carácter religioso como el abate Busoni, no había de mentir! ¡Pero vos no lo habéis leído todo, excelencia!
-¡Ah!, es verdad-dijo Montecristo-,hay una posdata.
-Sí -replicó el mayor-, sí..., hay... una... posdata.