El conde escuchaba complacido la voz contra¬ria de estos amores propios heridos, y de estos intereses destruidos.
-Pero yo opino -dijo Montecristo tras una
pausa-, y os pido perdón de antemano por lo que voy a deciros; yo opino que si el señor Noirtier deshereda a la señorita de Villefort por querer ésta casarse con un joven a cuyo padre él ha detestado, no tiene que echar en cara lo mismo al pobre Eduardito.