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Pienso en el Buda caminando por los parques y aldeas del norte de la India, en una época en que los sabios competían como atletas del pensamiento, donde la gloria pertenecía al que mejor argumentaba, al que más sutilezas metafísicas desplegaba ante una multitud fascinada. Y él, que había visto algo decisivo, eligió no jugar ese juego. Se negó a responder las preguntas que todos esperaban oír resueltas. Se negó a prometer certezas cómodas.
Me impresiona esa valentía.
En un mundo enamorado de las palabras, él apostó por el silencio. En una cultura que celebraba los torneos lógicos, él propuso un método estrictamente psicológico, casi íntimo: mirar el sufrimiento de frente y desatar el nudo del apego. Nada más. Y, sin embargo, fue suficiente para que lo siguieran brahmanes, mercaderes, príncipes, hombres y mujeres de toda condición. No porque ofreciera un sistema perfecto, sino porque ofrecía un camino.
Después de todo —me digo— ¿de qué sirve saber muchas cosas si no sé soltar aquello que me ata?
By Jose Antonio Díaz LuisPienso en el Buda caminando por los parques y aldeas del norte de la India, en una época en que los sabios competían como atletas del pensamiento, donde la gloria pertenecía al que mejor argumentaba, al que más sutilezas metafísicas desplegaba ante una multitud fascinada. Y él, que había visto algo decisivo, eligió no jugar ese juego. Se negó a responder las preguntas que todos esperaban oír resueltas. Se negó a prometer certezas cómodas.
Me impresiona esa valentía.
En un mundo enamorado de las palabras, él apostó por el silencio. En una cultura que celebraba los torneos lógicos, él propuso un método estrictamente psicológico, casi íntimo: mirar el sufrimiento de frente y desatar el nudo del apego. Nada más. Y, sin embargo, fue suficiente para que lo siguieran brahmanes, mercaderes, príncipes, hombres y mujeres de toda condición. No porque ofreciera un sistema perfecto, sino porque ofrecía un camino.
Después de todo —me digo— ¿de qué sirve saber muchas cosas si no sé soltar aquello que me ata?