En una época en la que se nos vende el éxito como algo que debe alcanzarse fuera de nosotros mismos —en las cosas materiales, en el reconocimiento humano o incluso en la intelectualidad—, el ser humano vive en una búsqueda constante de ese éxito y de esa felicidad. Intenta llenar un vacío en el corazón para sentirse contento, pleno y satisfecho.
Sin embargo, aun cuando alcanza aquello que el mundo le prometió como éxito y satisfacción, descubre que solo era un espejismo. Entonces surge un nuevo objetivo que perseguir con la esperanza de sentirse realizado. Así, queda atrapado en un círculo vicioso que acompaña al ser humano durante toda su vida.
Pero el apóstol Pablo nos da una lección sobre cómo aprender el contentamiento. Y no solo sobre aprenderlo, sino sobre vivirlo: saber estar tanto en la escasez como en la abundancia. Además, nos revela quién es el único que puede dar verdadero contentamiento al hombre. Ese contentamiento no depende de circunstancias externas, sino que proviene de una fuente inagotable e inmutable: Cristo.