“Sal de la tierra y luz del mundo”: Jesús, mirándonos a cada uno de nosotros, nos dice algo precioso y muy exigente a la vez: «Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo» (cf. Mt 5, 13-14). No dice «deberíais ser», ni «intentad ser». Dice «sois». Es decir, forma parte de nuestra identidad como cristianos.