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El dragón que no sabía rugir


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En lo alto de la Montaña Esmeralda, donde las nubes se enredaban entre los pinos como algodón de azúcar, vivía una comunidad de dragones. Eran dragones de todos los colores: rojos como el fuego, azules como el cielo, verdes como la hierba y dorados como el sol. Entre todos ellos había un dragoncito pequeño, del color de las naranjas maduras, que se llamaba Chispa. Chispa tenía unas alas redonditas, una cola con forma de espiral y unos ojos enormes del color de la miel. Era simpático, alegre y siempre estaba dispuesto a jugar. Pero tenía un problema. Chispa no sabía rugir. Todos los dragones rugían. Era lo primero que aprendían de pequeños, incluso antes de aprender a volar. El rugido de un dragón era su forma de presentarse, de saludar y de demostrar su fuerza. Había rugidos graves como truenos, rugidos agudos como silbidos y rugidos tan potentes que hacían temblar las piedras. Pero cuando Chispa abría la boca para rugir, lo que salía no era un rugido. Era una melodía. A veces sonaba como una flauta dulce. Otras veces como un violín. Y a veces como un coro de pájaros cantando al amanecer. —¡Otra vez con tus ruiditos! —se burlaba Granito, un dragón gris y grandote—. ¡Los dragones no cantamos, rugimos! —Déjale en paz —decía Luna, una dragona plateada que siempre defendía a Chispa—. A mí me parece bonito. —Bonito o no, un dragón que no ruge no es un dragón de verdad —insistía Granito. Chispa se ponía triste cada vez que oía esas palabras. Practicaba a solas en su cueva, intentando que de su garganta saliera un rugido, pero siempre terminaba cantando sin querer. Probaba a hacer fuerza, a hinchar los mofletes, a cerrar los ojos con todas sus fuerzas. Nada funcionaba. Un día, su madre lo encontró practicando y se sentó a su lado. —Chispa, cariño, ¿por qué estás tan empeñado en rugir? —Porque todos los dragones rugen, mamá. Si yo no rujo, soy diferente. Y no quiero ser diferente. Su madre le acarició la cabeza con su enorme pata. —Ser diferente no es algo malo, Chispa. A veces, lo que nos hace diferentes es lo que nos hace especiales. —Pero los demás se ríen de mí —dijo Chispa bajando la cabeza. —Los que se ríen es porque todavía no entienden. Algún día lo entenderán. Y tú también entenderás por qué tu voz es como es. Aquella noche, Chispa se asomó a la entrada de su cueva y miró las estrellas. Abrió la boca despacio y dejó salir la melodía que llevaba dentro. La música flotó por el aire de la montaña como una brisa suave. En los árboles, los pájaros dejaron de cantar para escuchar. En el río, los peces asomaron la cabeza. Incluso las estrellas parecieron brillar un poco más. Chispa no lo sabía aún, pero aquella melodía iba a cambiar la historia de la Montaña Esmeralda para siempre.

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