Imagina ser el emperador más poderoso del mundo. Tienes oro suficiente para comprar reinos, un ejército invencible y un sueño: restaurar el Imperio Romano. Todo va bien. Hasta que, un día de 536, el sol se apaga.
No fue un eclipse. Fue algo peor.
Tres volcanes, a miles de kilómetros de distancia, cubrieron el cielo de ceniza. Llegó el hambre. Luego, la peste. Millones murieron. El sueño de Justiniano se deshizo bajo un sol azulado y enfermo.