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En el maravilloso mundo de la gestión empresarial, donde los PowerPoint brillan más que los resultados y las reuniones interminables sirven como terapia colectiva, hay un mantra sagrado: «Lo que no se mide, no se gestiona».
Y así, con una devoción casi religiosa, las empresas se llenan de KPI (Key Performance Indicators), esos numeritos mágicos que prometen transformar el caos en eficiencia.
Pero, curiosamente, hay algo que no se mide y que parece no importar: cómo se logran esos KPI.
By Jesús GómezEn el maravilloso mundo de la gestión empresarial, donde los PowerPoint brillan más que los resultados y las reuniones interminables sirven como terapia colectiva, hay un mantra sagrado: «Lo que no se mide, no se gestiona».
Y así, con una devoción casi religiosa, las empresas se llenan de KPI (Key Performance Indicators), esos numeritos mágicos que prometen transformar el caos en eficiencia.
Pero, curiosamente, hay algo que no se mide y que parece no importar: cómo se logran esos KPI.