
Sign up to save your podcasts
Or


Mateo y Luna eran gemelos, pero no se parecían en nada. Mateo tenía el pelo negro como la tinta y siempre estaba corriendo. Luna tenía el pelo rubio como el trigo y prefería sentarse a observar las hormigas. Lo único que compartían era la curiosidad: los dos querían saberlo todo sobre todo. Vivían en un pueblo pequeño llamado Ventosa, al pie de una montaña grande y redonda. Se llamaba así porque siempre soplaba el viento. A veces suave, a veces fuerte, pero siempre, siempre había viento en Ventosa. Una tarde de otoño, mientras jugaban en el patio de su casa, una ráfaga de viento trajo un papel volando. No era un papel normal. Era grueso, amarillento, y tenía los bordes quemados, como si fuera muy antiguo. —¡Atrápalo! —gritó Luna. Mateo saltó y lo cogió en el aire. Los dos se sentaron en el suelo a mirarlo. —Es un mapa —dijo Mateo. —Pero es un mapa raro —observó Luna—. Mira, tiene dibujado nuestro pueblo, pero hay cosas que no reconozco. Era cierto. El mapa mostraba las calles de Ventosa, la plaza, la iglesia, el río. Pero también había marcas extrañas: una estrella junto al molino viejo, una espiral en la colina del norte, un corazón cerca del puente de piedra, un ojo en la cueva de la montaña y un árbol dentro de un círculo en algún lugar del bosque. —¿Qué significan estos símbolos? —preguntó Mateo. —No tengo ni idea —dijo Luna, pasando el dedo por el papel—. Pero mira esto. En ese momento, sopló una brisa del oeste. Y ante sus ojos, el mapa cambió. Las líneas se movieron como si estuvieran vivas. La estrella junto al molino empezó a brillar con un resplandor dorado, mientras los demás símbolos se apagaron. —¡Se ha movido! ¡El mapa se ha movido! —exclamó Mateo. —No se ha movido —corrigió Luna, pensativa—. Ha cambiado con el viento. Cuando ha soplado del oeste, la estrella del molino se ha encendido. Los gemelos se miraron con los ojos brillantes de emoción. —¿Crees que es un mapa del tesoro? —preguntó Mateo. —Creo que es algo mejor —respondió Luna—. Es un mapa que nos dice adónde ir según el viento. Y ahora mismo nos está diciendo que vayamos al molino viejo. Mateo se levantó de un salto. —¿A qué esperamos? Guardaron el mapa en la mochila de Luna y salieron corriendo hacia el molino abandonado que estaba a las afueras del pueblo. No sabían qué iban a encontrar, pero sentían que aquella tarde iba a ser el principio de una gran aventura.
By Relatia.esMateo y Luna eran gemelos, pero no se parecían en nada. Mateo tenía el pelo negro como la tinta y siempre estaba corriendo. Luna tenía el pelo rubio como el trigo y prefería sentarse a observar las hormigas. Lo único que compartían era la curiosidad: los dos querían saberlo todo sobre todo. Vivían en un pueblo pequeño llamado Ventosa, al pie de una montaña grande y redonda. Se llamaba así porque siempre soplaba el viento. A veces suave, a veces fuerte, pero siempre, siempre había viento en Ventosa. Una tarde de otoño, mientras jugaban en el patio de su casa, una ráfaga de viento trajo un papel volando. No era un papel normal. Era grueso, amarillento, y tenía los bordes quemados, como si fuera muy antiguo. —¡Atrápalo! —gritó Luna. Mateo saltó y lo cogió en el aire. Los dos se sentaron en el suelo a mirarlo. —Es un mapa —dijo Mateo. —Pero es un mapa raro —observó Luna—. Mira, tiene dibujado nuestro pueblo, pero hay cosas que no reconozco. Era cierto. El mapa mostraba las calles de Ventosa, la plaza, la iglesia, el río. Pero también había marcas extrañas: una estrella junto al molino viejo, una espiral en la colina del norte, un corazón cerca del puente de piedra, un ojo en la cueva de la montaña y un árbol dentro de un círculo en algún lugar del bosque. —¿Qué significan estos símbolos? —preguntó Mateo. —No tengo ni idea —dijo Luna, pasando el dedo por el papel—. Pero mira esto. En ese momento, sopló una brisa del oeste. Y ante sus ojos, el mapa cambió. Las líneas se movieron como si estuvieran vivas. La estrella junto al molino empezó a brillar con un resplandor dorado, mientras los demás símbolos se apagaron. —¡Se ha movido! ¡El mapa se ha movido! —exclamó Mateo. —No se ha movido —corrigió Luna, pensativa—. Ha cambiado con el viento. Cuando ha soplado del oeste, la estrella del molino se ha encendido. Los gemelos se miraron con los ojos brillantes de emoción. —¿Crees que es un mapa del tesoro? —preguntó Mateo. —Creo que es algo mejor —respondió Luna—. Es un mapa que nos dice adónde ir según el viento. Y ahora mismo nos está diciendo que vayamos al molino viejo. Mateo se levantó de un salto. —¿A qué esperamos? Guardaron el mapa en la mochila de Luna y salieron corriendo hacia el molino abandonado que estaba a las afueras del pueblo. No sabían qué iban a encontrar, pero sentían que aquella tarde iba a ser el principio de una gran aventura.