Se casó enamorada con dieciséis años. Diez años después, era viuda y reina de un imperio que nadie le dejó gobernar.
En Flandes, Juana encontró un mundo de fiestas y lujo muy distinto a la austera corte castellana. Y encontró también a Felipe el Hermoso: encantador, infiel, incapaz de corresponder la intensidad con la que ella amaba.
Tuvieron seis hijos. Mientras los criaba entre celos y ausencias, la muerte fue arrebatando a sus hermanos, uno tras otro, hasta convertirla, sin que nadie se lo preguntara, en heredera de Castilla y Aragón.
Su marido descubrió en su corona una ambición nueva y tras la muerte de su madre, la reina Isabel, entre su marido y su padre firmaron en secreto un papel declarándola incapaz de reinar.
Meses después, Felipe murió de repente, con veintiocho años. Y Juana, embarazada de su sexto hijo, no quiso separarse de su cuerpo.
La historia la llamó loca por eso.
Nosotros creemos que solo amó demasiado.