Jesús no solo enseñó a amar a los enemigos; lo hizo mientras tenía llagas en las muñecas. Y eso cambia todo. Fíjate en los dos ladrones. Ambos tenían el mismo acceso a Jesús. Uno eligió la burla, el cinismo, la exigencia. El otro vio más allá. Vio a un Rey que moría. Y en medio de su propio caos, de su fracaso monumental, hizo algo valiente: pidió ser recordado.