Suecia no ha destacado nunca por tener precisamente una extensa cinematografía dedicada al género del terror. Sin embargo en 2008 sorprendió a propios y extraños con la adaptación del libro de John Ajvide Lindqvist Déjame Entrar. Dirigida por Tomas Alfredson, que por aquel entonces era un desconocido fuera de las fronteras de su país, la película se convirtió en todo un fenómeno de festivales.
Un reimaginación del mito del vampiro que tiene en el centro de su historia el romance de dos niños, uno de ellos al menos en apariencia, y que nunca intenta esconder la época y el país en el que tienen lugar los hechos que representa.
Con los paisajes helados de la Suecia suburbial como telón de fondo, Déjame Entrar se ha convertido en una de las películas más relevantes del cine de terror contemporáneo.