La enfermedad es un gran negocio del que se extraen abundantes beneficios. Cuanto más enfermos creamos estar, más «necesidades» querremos cubrir. Esto acrecentará el miedo a la vida, el miedo al futuro, que es siempre incierto y por tanto inseguro.
En esa falta de confianza en nuestro destino se basa la publicidad farmacológica, que quiere conquistar nuestro corazón, siempre sobre el propio yo, enredándonos en un cerco que nos ahoga, y cuya válvula de escape son los medicamenteos; llegamos a creer que no podemos evadir las molestias que conlleva vivir.