Cuando Omaira González Álvarez cumplió 18 años, su sueño de estudiar una carrera profesional se vio truncado por las dificultades económicas de su hogar. Ella hacía parte de una familia bellanita compuesta por once hijos, una madre modista y un padre obrero recién jubilado de una de las textileras más importantes de Colombia: Fabricato. Por esta razón, Omaira optó por estudiar una técnica para convertirse en auxiliar contable. De todos modos, no le fue fácil conseguir trabajo en esa profesión por la crisis económica que vivió el país en los años 80 y terminó en labores de limpieza en las instalaciones de Fabricato. Mientras ella trabajaba en esa fábrica, surgieron talleres de confección familiares en el barrio El Congolo que años después se convirtieron en su lugar de trabajo por las últimas dos décadas.