Barcelona, 23 de julio de 1992. Son alrededor de las cinco de la tarde cuando un vecino de la señora Rosalía se dirige a su piso para instalarle un cerrojo en la puerta. La anciana, de 70 años de edad, que nunca ha precisado de seguridad en su casa, le ha pedido que le ayude a instalarlo porque de repente le ha cogido miedo, pero no le explica de qué ni de quién.
Y por la tarde, cuando el vecino sube al apartamento, se encuentra la puerta abierta y, una vez dentro, el cuerpo de la señora Rosalía estirado inconsciente en el sofá. La llevan inmediatamente a las urgencias del Hospital Clínic, donde ingresa con una insuficiencia respiratoria, y diez días más tarde fallece considerándose una muerte natural. No obstante, esta solo será la primera de una retahíla de muertes en serie con características sospechosamente similares que se sucederán durante los años noventa entre l'Hospitalet de Llobregat y Barcelona.