Hay algo que cada vez tengo más claro: no quiero que mi vida se convierta en mi trabajo.
Este episodio nace desde ahí. Desde esa incomodidad que da darte cuenta de que muchas empresas siguen creyendo que mientras más tiempo pases en la oficina, mejor empleado eres. Como si estar sentado ahí automáticamente significara productividad.
Hablo de algo que me ha estado dando vueltas últimamente: la diferencia entre trabajar y vivir. Porque una cosa es cumplir con tu chamba y otra muy distinta es sentir que tu existencia gira alrededor de ella.
También cuento cómo una plática con un amigo me hizo pensar mucho en esto. Él encontró un trabajo 100% home office, donde de verdad entienden que tienes una vida fuera de la computadora. Donde no ven raro que quieras tiempo para ti, donde no te obligan a ir a una oficina solo por “convivir”, y donde importa más que entregues bien tu trabajo que verte sentado en un escritorio.
Y ahí fue donde pensé: ¿por qué aquí seguimos romantizando quedarte más horas, convivir por obligación o sentir culpa por poner límites?
Porque sí, a mí no me emociona quedarme después del trabajo a pintar macetas, ir a juegos de mesa de oficina o fingir que convivir forzado es cultura laboral. Y no es por ser mamón, simplemente no quiero que todo en mi vida gire alrededor del trabajo.
También reflexiono sobre algo importante: no todos pensamos igual. Hay gente que sí disfruta eso, que sí conecta con la oficina, con sus compañeros y con esa dinámica. Y está perfecto.
El punto no es decir qué está bien o mal.
El punto es preguntarte qué quieres tú.
Este episodio conecta con el 77, donde hablábamos del tiempo personal. Porque al final, si tu tiempo no es tuyo, tampoco lo es tu vida.
No se trata de odiar trabajar.
Se trata de no olvidar vivir.