En Las criadas, Augusto Monterroso despliega su ironía más afilada para recordarnos que la crueldad cotidiana no necesita alzar la voz. Bajo una prosa aparentemente ligera, casi inocente, se esconde una mirada implacable sobre el poder, la humillación y la violencia normalizada. Monterroso nos hace sonreír justo antes de incomodarnos, porque en sus relatos breves —como en este— lo mínimo contiene siempre lo monstruoso.