En El paraíso, Augusto Monterroso desmonta la idea de perfección con una precisión quirúrgica. Lo que promete plenitud pronto revela su reverso: la rutina, el hastío, la trampa del deseo cumplido. Con su humor seco y su mirada lúcida, Monterroso nos recuerda que incluso el paraíso —cuando se vuelve definitivo— puede convertirse en otra forma de condena.