...continúa del anterior.
Después haremos un alto en el camino para observar y quizás deleitarnos con los frutos obtenidos a raíz de dos peliculones: el crecimiento de todo un universo expandido rico en ideas provechosas que al final quedaron ahogadas en el negro olvido, como una niña rescatada del infierno sólo para dormir con la promesa de la vuelta a casa —soñando durante el camino, sin pesadillas— y no despertar jamás del frío del espacio.
Tan frío como le debió de parecer a David Fincher el rodaje de ALIEN³ durante un invierno británico. Una película rodada cual cuadro sobre lienzo malogrado a base de retazos de telas baratas. Una película que antes de llegar a EEUU para la postproducción era mucho más larga y mucho más gore; quizás un reflejo de la frustración de un director que recogía los pedazos de sueños que otros habían dejado atrás.
El del director Renny Harlin era ir un paso más allá, al planeta de origen del alien, pero abandonó porque vio la tormenta que se avecinaba. El de Vincent Ward era recoger esa tormenta y convertirla en una tribulación espiritual a nivel colectivo entre una colonia de monjes en un planeta de metal rodeado por una estación espacial de madera, pero su visión medieval del terror quedó tiznada.
Fincher no pudo ni siquiera aprovechar muchas de las ideas del propio Giger, que para su nuevo hijo había diseñado toda una serie de nuevas características, como cuchillas en las manos, o una boca "erótica" con una lengua que extraía las entrañas de sus víctimas. O incluso un facehugger reina... Y aún así hay que reconocer que hizo lo que pudo. El joven director utilizó grandes dosis de resolución, toda la paciencia de la que fue capaz, y como bálsamo las melodías del músico Elliot Goldenthal, aficionado a la experimentación sonora. (Ah, y nosotros le añadimos uno al cociente intelectual del personaje llamado Aaron porque somos así de generosos). Su alien finalmente no pudo salir de un buey, pero chillaba como un cerdo.
Finaliza en el siguiente...