Cuando era niño me imaginaba la profesión de astrónomo como algo hecho para gente solitaria. Para bohemios soñadores, en un sentido más de artista que de otra cosa. La noche, un telescopio y la soledad del que contempla la Creación con mayúsculas. Así veía yo a los astrónomos. Cierto es que en aquel entonces devoraba libros de Julio Verne y de Edgar Allan Poe, llenos de aventuras y aventureros científicos que recorrían el globo terráqueo para descubrir sus misterios aún por explorar. Pues hubo un tiempo en el que, para hacer ciencia, había que explorar y viajar por un planeta lleno de peligros.
La historia que voy a narrar forma parte de la vida de un astrónomo sin suerte. Alguien que podría haber sido perfectamente un personaje de un libro de Verne, o de Poe. Alguien con una misión científica en un mundo todavía por explorar, con muchas incógnitas pendientes que había que resolver con ayuda de los pocos medios que la tecnología de la época permitía. Me he permitido el lujo de titular estas líneas como “Le Gentil: el astrónomo desastre”, buscando quizás un juego de palabras. No en vano, la palabra desastre nos ha llegado, tras muchas mezclas, del italiano antiguo “disastro” que, a su vez, viene del prefijo latino “dis” (separación, negación, malo…) y “astro”, del latín “astrum”: estrella.
Así pues podríamos decir que Le Gentil fue un astrónomo sin estrella. Al menos, se quedó sin ella en un momento importante para su vida y para la propia Academia de Ciencias de Francia, de la que era miembro. Guillaume Joseph Hyacinthe Jean-Baptiste Le Gentil de la Galaisière (1725-1792) tenía una misión. Una misión importante que, como las misiones científicas importantes de la época, tenía su riesgo. No en vano había que tener una vena de aventurero para poder embarcarse en misterios del estilo al que le tocó resolver.
En el siglo XVIII no estaba claro cuál era el tamaño del Sistema Solar. No se sabía con precisión a qué distancia estaba cada planeta del Sol. Pero sí se sabía cómo se podía calcular. Para ello tan sólo se necesitaba conocer el tamaño de la Tierra y ser capaces de medir con precisión el tránsito de un planeta desde dos lugares distintos. Y sí: se sabía con una muy buena aproximación el tamaño de la Tierra, algo que calculó por primera vez Eratóstenes alrededor del 240 a. C. Ahora sólo nos faltaba tener un tránsito planetario.
¿Qué es un tránsito? Mercurio y Venus son planetas interiores. Es decir, están entre la Tierra y el Sol. Por eso, cada cierto tiempo, pasan por delante del Sol y desde la Tierra podemos ver un puntito negro que atraviesa el disco solar. El evento dura horas y es muy cotizado entre los astrónomos aficionados aunque, por desgracia, ocurre cada centenares de años. En el caso de Venus, por las configuraciones de las órbitas de la Tierra y Venus, los tránsitos se dan en parejas cada 8 años y luego hay que esperar más de 100 años hasta el siguiente, en un ciclo que ronda los 243 años. El último tránsito se dio el 8 de junio de 2004 y el 6 de junio de 2012, justo ocho años después. El siguiente tendrá lugar el 11 de diciembre de 2117 y el 8 de diciembre de 2125.
La suerte, en este caso buena, hizo que hubiera un par de tránsitos cuando Le Gentil contaba con 36 años el primero de ellos y con 44 el segundo. En concreto, el primer tránsito tuvo lugar el 6 de junio de 1761 y el segundo el 3 de junio de 1769. Para un científico como él, astrónomo y miembro de la Academia de Ciencias francesa, era una oportunidad de oro para poder calcular la distancia de la Tiera al Sol y con ella, utilizando las leyes de Kepler, calcular por fin el tamaño real del Sistema Solar, poniendo distancia al Sol a cada uno de los planetas.
Los tránsitos no se ven desde cualquier lugar. Pasa lo mismo cuando hay eclipses de luna o de Sol. Por desgracia para Le Gentil, el tránsito de 1761 no iba a ser visible desde París. Por este motivo, la Academia de Ciencias de Francia organizó una expedición que llevaría a Le Gentil a una posesión francesa en la India. En concreto a Pondicherry. El viaje no era sencillo: había que circunnavegar toda África y pasar por el cabo de Buena Esperanza, ese lugar donde se encuentran el Atlántico y el Índico, zona de tormentas, vientos y corrientes impredecibles que, para la navegación a vela (la tecnología de la época era así), no era nada sencillo de atravesar bajo ciertas condiciones.
Además, la expedición tenía que transportar todo el material. En aquella época las cosas no eran tan sencillas como llegar y comprar un buen telescopio en la óptica de la esquina. Había que llevarlos desde París, junto con los cronómetros de precisión y el resto de los instrumentos necesarios para poder observar el tránsito y conseguir datos fiables y útiles para la misión.
El primer encontronazo que se dio nuestro astrónomo sin estrella fue que la demora en el camino por los inconvenientes climáticos le hizo llegar a la isla de Mauricio con bastante retraso sobre el plan previsto. La idea era llegar a Pondicherry desde Mauricio, pero justo estalló la guerra de los Siete Años entre Inglaterra y Francia y Pondicherry había sido ocupada por los ingleses. Esto imposibilitó que el plan de observar desde allí se llevara a cabo y cada vez se acercaba más la fecha del evento astronómico. La guerra es la guerra y el capitán de la fragata decidió regresar a Mauricio. Por este motivo, el tránsito le pilló en medio del océano: Le Gentil pudo ver el tránsito, pero no pudo tomar medidas precisas al encontrarse en un barco en movimiento. Además, parece ser que ese día había marejada o mar de fondo.
Antes de regresar a Francia con las manos vacías, Le Gentil pensó que había mucho trabajo que hacer de otro tipo por allí: por ejemplo, cartografiar toda la costa de Madagascar. Incluso hacer expediciones científicas para recoger especies de las islas cercanas. Viajar a la isla de Reunión. Así, al menos, podría volver a Francia con algo de valor científico y aprovechar la expedición. Era la época en la que los científicos realmente eran exploradores, naturalistas, conocedores de todo tipo de ciencias. Un estilo a nuestro capitán Malaspina.
Y así fue como Le Gentil se fue entreteniendo año tras año hasta que, cuando se quiso dar cuenta, era 1765 y habían pasado ya 4 años desde el primer tránsito. Quedaban, por tanto, otros 4 para el tránsito de 1769. Decidió quedarse y esperar al siguiente tránsito, ya que estaba por allí. Además, él era muy meticuloso y le gustaba planificar las cosas con tiempo: tenía tiempo para organizarlo todo bien y esperar a que esta vez la suerte le sonriera. Además, incluso podía cumplir uno de sus sueños y circunnavegar el globo terráqueo. Por este motivo viajó hasta Manila, donde fue muy bien recibido por la sociedad española: un francés, parisino, refinado, de modales educados, cultivado… se hizo allí una pequeña celebridad.
Sin embargo, el gobernador español no confiaba en él. No creyó mucho en la historia que contaba de una expedición para ver un tránsito de un planeta y pensó que era un espía. Las relaciones se volvieron tan tensas que un año antes del tránsito, Le Gentil decidió marcharse de allí. Además, Pondicherry había vuelto a manos francesas y la guerra con Inglaterra había terminado. Era un buen momento para regresar con sus compatriotas y preparar las observaciones del tránsito de Venus.
Al llegar a Pondicherry, es recibido con honores, el gobernador le monta un observatorio y Le Gentil piensa que por fin su suerte ha cambiado. Pasa a ser una celebridad también en Pondicherry hasta el punto de que le envían un refractor acromático, una especie de joya que contaba con la tecnología más puntera de la época en cuanto a telescopios. Todo el equipamiento está listo para observar el tránsito y, además, es un equipamiento puntero. Tan sólo quedaba esperar a que llegara el 3 de junio de 1769…
… y ese día llegó. Y justo con el día llegaron las nubes. Increíble. Si los cielos habían estado prístinos, despejados, de un azul celeste maravilloso, el día del evento no se veía nada. Nubes, cada vez más nubes, vientos huracanados… y la tormenta más grande en mucho tiempo. Justo cuando el Sol desaparecía por el horizonte, Le Gentil pudo contemplar un ocaso maravilloso. Una de las puestas de Sol más bonitas que jamás viera en su vida. Pero sus planes se habían ido al traste. Se quedó tan en estado de shock que no escribió en su diario durante más de tres semanas. Además, sus amigos de Manila le contaron que vieron el tránsito perfectamente. Fuera de sí, quema el observatorio y decide regresar a Francia.
Consigue un barco que le lleva Mauricio. Llega en 1770 en un estado de estrés y tristeza lamentable. Coge la disentería en Mauricio y tuvo que quedarse durante ocho meses medio muerto, sobreviviendo a duras penas. Finalmente consigue recuperarse lo suficiente como para coger un barco camino de Europa. Los vientos eran tan desfavorables que el barco tuvo que regresar a Mauricio cuatro meses después de partir. Durante una de las tormentas el pobre llegó a caerse por la borda y casi se ahoga. No tenemos constancia de que se tirara él en un intento de suicidarse, así que suponemos que se cayó por la borda.
Consigue embarcar en un barco de guerra español que le debía llevar a España. Pero una serie de tormentas desvían el barco a las islas Azores y se rompe el velamen y el mástil…Finalmente en octubre de 1771 consigue llegar a París. 11 años, 6 meses y 13 días después de su partida llega a la puerta de su casa. Le abre su mujer y cuando le ve le dice “¿tú quién eres? Mi marido murió hace muchos años”.
¡Todas, absolutamente todas las misivas que había escrito se habían perdido y ninguna había llegado a su destino! Bien las tormentas, bien los piratas, la guerra con Inglaterra… todo ello y más hicieron que ninguna de sus cartas llegara a su destino, por lo que le dieron por muerto y se repartieron su herencia herederos que él ni conocía. Su puesto en la Academia también había sido ocupado por otra persona en su lugar.
Afortunadamente para él, el rey le tenía en gran estima y le ayudó a recuperar parte de la herencia, muy poca, pero suficiente para no morir de hambre. Además, le consiguió otro puesto en la Academia de Ciencias.
Le Gentil, el astrónomo desastre, vivió 21 años más. Se casó, tuvo una hija y no de los cráteres de la luna lleva su nombre en su honor, junto con una nebulosa oscura en la constelación del Cisne que el mismo cartografió cuando era joven.