Hoy en día, cuando envías un currículum, no te lee una persona. Te lee un algoritmo, un programa que busca palabras clave. Si no pones exactamente lo que el robot quiere, vas a la papelera.
Pero, ¿sabe ese robot detectar la lealtad? ¿Sabe un algoritmo medir la capacidad de sacrificio o la paciencia que una administrativa senior tiene para resolver un conflicto con un cliente difícil? No. La tecnología nos está ahorrando tiempo, pero nos está haciendo perder el talento más valioso: el que no se puede medir con códigos.