Créeme lo que te digo

Episodio 45 – La ley de la autoridad.


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Por qué nos volvemos acríticos con las personas a las que atribuimos prestigio.
Bienvenid@ al capítulo 45 de «Créeme lo que te digo», el podcast en el que tratamos todas aquellas cuestiones relativas al mundo de la persuasión, el hablar en público y, en general, las habilidades comunicativas necesarias para influir e impactar en los demás.
Estamos en la tercera semana de junio de 2019 así que toca dedicar el programa a la persuasión irracional.
Vamos a hablar de una nueva ley de la persuasión; una de las leyes más fáciles de entender intuitivamente pero de la que, sin embargo, creo que no percibimos su verdadero alcance. 
Me refiero a la ley de la autoridad o lo que es lo mismo, la tendencia que tenemos a vernos influidos por las personas con autoridad.
Mejora tu capacidad de comunicación.
Ahora vamos con la cuestión pero antes, recuerda que si quieres mejorar tus habilidades comunicativas en Interacción Humana te ayudamos con formaciones y asesoramientos para empresas o de forma individual.
Si quieres que hablemos, envíame un correo a través del formulario de contacto de la web interaccionhumana.es/contacto y enseguida me pongo en contacto contigo.
Ahora sí, vamos allá con la cuestión.
Stanley Milgram y sus estudios sobre la obediencia a la autoridad.
En 1963 el psicólogo estadounidense Stanley Milgram publicó los resultados de una serie de experimentos que marcarían un hito en la psicología social.
Pidió una serie de voluntarios para participar en lo que pensaban que era un estudio sobre la memoria y aprendizaje, cosa que era falsa. En realidad era un estudio sobre la obediencia a la autoridad. 
Cuando los voluntarios llegaban al lugar de la investigación encontraban al investigador con su bata blanca y a otro supuesto voluntario que, en realidad, era un compinche del investigador.
El investigador hacía creer al voluntario que echaría a suertes cuál de los dos sería el «maestro» y cual el «aprendiz». En realidad, el voluntario real siempre adoptaba el papel de «maestro».
¿En qué consistía la tarea? Pues en que el aprendiz se colocaba en una habitación separada del resto por un cristal, sentado en una silla, atado con correas y conectado a electrodos que administraban descargas eléctricas.
Por su parte, el «maestro» estaba en otra habitación junto con el investigador. Ellos podían ver y escuchar al aprendiz, pero el aprendiz no podía ver al maestro y el investigador. 
La tarea consistía en que el investigador hacía preguntas al aprendiz sobre unos ejercicios de memoria. Si el aprendiz fallaba, el maestro debía bajar una palanca que administraba descargas eléctricas al aprendiz.
A medida que el aprendiz fallaba, la intensidad de las descargas eléctricas iba siendo mayor. 
Al principio las descargas eran simplemente molestas, pero la intensidad podía llegar hasta hasta los 650 voltios, una descarga que podía llegar a ser peligrosa para el aprendiz, si bien el investigador se encargó de reiterar al maestro que los daños en el tejido no eran permanentes.
En realidad, recordemos que el aprendiz estaba compinchado con el investigador y en realidad era un actor que simulaba que las descargas eran reales. En realidad no lo eran.
Cómo discurrió el experimento.
Al principio, cuando las descargas eran pequeñas, los maestros no tenían mucho problemas en administrarlas, pero a medida que el aprendiz fallaba, las descargas iban en aumento.
Paulatinamente, los maestros iban viendo y escuchando que el daño que infringían al aprendiz eran mayores. Estos cada vez gritaban y se retorcían más, llegando incluso a simular desmayos.
A pesar de lo que pueda parecer y por mucho que los maestros miraban angustiados al investigador, no dejaron de aplicar las descargas al aprendiz. 
Intentaban convencer al investigador de que parasen el experimento pero estos insistían en que todo estaba controlado y que continuasen. 
Y los maestros, continuaban. De
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Créeme lo que te digoBy Óscar Fernández Orellana