Voz: Manuel López Castilleja
Música: Bach_ The Violin Concertos
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Esa noche estábamos recostados en el cuarto y yo escuchaba a los gusanos de seda comer. Los gusanos de seda se alimentaban en unos enrejados cubiertos con hojas de morera y se los podía oír comer toda la noche, y un sonido de algo cayendo en las hojas. Yo no quería dormir porque hacía mucho que vivía con el convencimiento de que, si alguna vez cerraba los ojos en la oscuridad y me dejaba ir, mi alma se saldría de mi cuerpo. Hacía tiempo que estaba así, desde que me había explotado un proyectil de noche y la sentí salir de mí e irse y después volver. Trataba de no pensar nunca en eso, pero desde entonces había empezado a irse, por las noches, justo en el momento de dormirme, y solo podía detenerla con un gran esfuerzo. De modo que, aunque ahora estoy seguro de que en realidad no se habría salido, en ese verano, no tenía ganas de hacer el experimento.
Tenía distintas maneras de entretenerme mientras estaba recostado despierto. Pensaba en un río de truchas en el que había pescado cuando era chico y pescaba mentalmente todo a lo largo del río con gran detenimiento; pescando con mucho cuidado debajo de los troncos, en todos los recodos de la orilla, en los pozos hondos y en las partes claras y poco profundas, a veces atrapando truchas y otras no. Paraba de pescar al mediodía para almorzar; a veces en un tronco sobre el río; otras sobre una margen alta debajo de un árbol, y siempre almorzaba despacio y miraba el río debajo de mí mientras comía. A menudo me quedaba sin carnada porque solo llevaba diez lombrices en una lata de tabaco cuando empezaba. Una vez que las había usado todas tenía que buscar más lombrices, y a veces era difícil cavar en la orilla del río donde los cedros tapaban el sol y no había pasto, solo una tierra pelada y húmeda, y con frecuencia no podía encontrar ninguna lombriz. Pero siempre encontraba algún tipo de carnada, pero una vez en el pantano no pude encontrar absolutamente nada y tuve que cortar una trucha que había pescado en pedacitos y usarla de carnada.
A veces encontraba insectos en las praderas del pantano, en el pasto o debajo de helechos, y los usaba. Había escarabajos e insectos con patas como tallos de hierba, y larvas en viejos troncos podridos; larvas blancas con cabezas marrones como pinzas que no se quedaban en el anzuelo y que desaparecían en el agua fría, y garrapatas debajo de troncos donde a veces encontraba lombrices que se escabullían en la tierra en cuanto levantaba el tronco. Una vez usé una salamandra que saqué de abajo de un viejo tronco. La salamandra era muy pequeña y pulcra y ágil y de un color hermoso. Tenía patas chiquitas que trataban de aferrarse al anzuelo. Y después de esa única vez nunca usé una salamandra, aunque las encontraba muy seguido. Tampoco usaba grillos, por cómo actuaban alrededor del anzuelo.
A veces el río atravesaba una pradera abierta, y en el pasto seco atrapaba saltamontes y los usaba de carnada y otras atrapaba saltamontes y los lanzaba al río y los observaba flotar, e irse nadando por el río, girando sobre la superficie mientras la corriente se los llevaba, y luego desaparecer, cuando se asomaba una trucha. A veces pescaba en cuatro o cinco ríos diferentes en una noche; empezando lo más cerca que podía de su nacimiento y pescando río abajo. Cuando terminaba demasiado rápido y el tiempo no pasaba, volvía a pescar en ese río, empezando donde desembocaba en el lago y pescando río arriba, tratando de atrapar todas las truchas que se me habían escapado al bajar. Algunas noches también inventaba ríos, y algunos eran muy emocionantes, y era como estar despierto y soñando. Todavía me acuerdo de algunos de esos ríos y creo que pesqué en ellos, y se me confunden con los ríos que realmente conozco. Les puse nombres a todos e iba hasta ellos en tren y a veces caminaba kilómetros para llegar hasta donde estaban.
Pero algunas noches no podía pescar, y esas noches estaba desvelado y rezaba mis oraciones una y otra vez y trataba de rezar por todas las personas que había conocido en mi vida. Eso me llevaba un montón de tiempo, porque si uno trata de recordar a todas las personas que alguna vez conoció, remontándose hasta lo primero de lo que uno se acuerda –que en mi caso era el altillo de la casa en que nací y la torta de bodas de mi madre y mi padre en una caja de lata colgando de una de las vigas, y, en el altillo, frascos con serpientes y otras especies que mi padre había coleccionado de chico y preservado en alcohol, con el alcohol a medio evaporar en los frascos de modo que algunas de las serpientes y especímenes quedaban expuestos y se habían vuelto blancos–, si uno se remontaba tan lejos con el pensamiento, recordaba a muchísimas personas. Y si uno rezaba por todas ellas, diciendo un Ave María y un Padre Nuestro por cada una, llevaba mucho tiempo y al final se hacía de día, y entonces uno podía irse a dormir, si estaba en un lugar en el que se podía dormir de día.
En esas noches trataba de acordarme de todo lo que me había pasado, empezando justo antes de que fuese a la guerra y haciendo memoria hacia atrás, pasando de una cosa a la otra. Descubrí que solo podía acordarme hasta el altillo de la casa de mi abuelo. Después empezaba desde ahí y recordaba de nuevo para este lado, hasta que llegaba a la guerra.
Me acuerdo de que después de que murió mi abuelo nos mudamos a una casa nueva diseñada y construida por mi madre. Muchas cosas que no íbamos a llevar con nosotros fueron quemadas en el patio de atrás y me acuerdo cuando tiraron esos frascos del altillo en el fuego, y cómo estallaban con el calor y cómo crecía el fuego con el alcohol. Me acuerdo de las serpientes quemándose en el fuego en el patio de atrás. Pero no había ninguna persona en esos recuerdos, solo objetos. Ni siquiera podía acordarme de quién había quemado las cosas, y seguía hasta que llegaba a personas y entonces paraba y rezaba por ellas.
De la casa nueva me acuerdo que mi madre siempre estaba limpiando y tirando todo lo que no servía para hacer orden. Una vez que mi padre se había ido unos días de caza, limpió a fondo el sótano y quemó todo lo que no tenía por qué estar ahí. Cuando mi padre volvió y bajó de su calesa y ató el caballo, el fuego todavía ardía en el camino al lado de la casa. Yo salí a recibirlo. Me entregó su escopeta y miró el fuego. “¿Qué es esto?”, preguntó.
“Estuve limpiando el sótano, querido”, dijo mi madre desde el porche. Estaba ahí parada, sonriendo, para recibirlo. Mi padre miró el fuego y pateó algo. Después se inclinó y recogió un objeto de las cenizas. “Trae un rastrillo, Nick”, me dijo. Fui al sótano y le llevé un rastrillo y mi padre rastrilló con mucho cuidado las cenizas. Sacó algunas hachas y cuchillos de piedra para despellejar y herramientas para hacer puntas de flecha y pedazos de cerámica y muchas puntas de flecha. Estaban todas ennegrecidas y melladas por el fuego. Mi padre las sacó con mucho cuidado del fuego con el rastrillo y las esparció por el pasto al costado del camino. Su escopeta en el estuche de cuero y las bolsas con las presas estaban sobre el pasto donde las había dejado cuando se bajó de la calesa.
“Lleva la escopeta y las bolsas a la casa, Nick, y tráeme papel”, dijo. Mi madre había entrado en la casa. Tomé la escopeta que era pesada de llevar y me golpeaba contra las piernas, y las dos bolsas con las presas y empecé a caminar hacia la casa. “De una cosa por vez”, dijo mi padre. “No trates de cargar demasiadas cosas a la vez.” Dejé en el suelo las bolsas con las presas y entré la escopeta y le llevé un diario de la pila que había en su estudio. Mi padre esparció todos los implementos de piedra mellados y ennegrecidos sobre el papel y los envolvió con él. “Las mejores puntas de flecha quedaron hechas pedazos”, dijo. Entró en la casa con el paquete de papel y yo me quedé afuera sobre el pasto con las dos bolsas. Después de un rato las entré. En todo ese recuerdo, solo había dos personas, así que recé por las dos.
Pero algunas noches ni siquiera podía recordar mis oraciones. Solo lograba llegar hasta “En la tierra como en el cielo” y después tenía que empezar todo de nuevo y era totalmente incapaz de pasar de ahí. Después tenía que reconocer que no me acordaba y esa noche dejaba de rezar y probaba otra cosa. Así, algunas noches trataba de recordar el nombre de todos los animales del mundo y después de los pájaros y después de los peces y después de los países y las ciudades y después de todos los tipos de comida y los nombres de las calles de Chicago que podía recordar, y cuando ya no podía recordar absolutamente nada, simplemente me quedaba escuchando. Y no recuerdo una noche en la que no se pudieran oír cosas. Si podía tener una luz no me daba miedo dormir, porque sabía que mi alma solo saldría de mí si estaba oscuro. Por eso, muchas veces, por supuesto, estaba donde podía tener una luz y entonces dormía, porque casi siempre estaba cansado y por lo general tenía sueño. Y estoy seguro de que muchas veces también dormí sin saberlo; pero nunca dormí sabiendo que dormía, y esa noche escuchaba a los gusanos. De noche se los podía escuchar comer muy claramente y yo estaba recostado con los ojos abiertos y escuchándolos.
Solo había otra persona en el cuarto y él también estaba despierto.
Hacía mucho que escuchaba que estaba despierto. No podía quedarse acostado tan quieto como yo, tal vez porque no tenía tanta práctica en estar despierto. Estábamos recostados sobre mantas extendidas sobre paja, y cuando se movía, la paja hacía ruido, pero los gusanos de seda no se asustaban por ningún ruido que hiciéramos y seguían comiendo sin parar. Afuera estaban los ruidos de la noche a siete kilómetros detrás del frente, pero eran diferentes de los pequeños ruidos que se oían en la habitación en medio de la oscuridad.
El otro hombre trataba de quedarse recostado en silencio. Después volvía a moverse. Yo también me movía para que supiera que enrolado como soldado en 1914 cuando volvió a visitar a su familia, y me lo habían dado como asistente porque hablaba inglés. Oí que estaba escuchando, así que volví a moverme entre las mantas.
—¿No puede dormir, Signor Tenente? —preguntó.
—No.
—Yo tampoco.
—¿Qué le pasa?
—No sé. No puedo dormir.
—¿Se siente bien?
—Claro. Me siento bien. Solo que no puedo dormir.
—¿Quiere charlar un rato? —pregunté.
—Seguro. De qué podemos hablar en este maldito lugar.
—Este lugar es bastante bueno —dije.
—Seguro —dijo—. Está bien.
—Cuénteme de Chicago —dije.
—Oh —dijo—. Ya le conté eso una vez.
—Cuénteme cómo fue que se casó.
—Le conté eso.
—La carta que recibió el lunes… ¿era de ella?
—Sí. Me escribe todo el tiempo. Está haciendo buena plata con el lugar.
—Va a tener un lindo lugar cuando vuelva.
—Seguro. Lo maneja bien. Está ganando mucha plata.
—¿No le parece que los vamos a despertar, hablando? —pregunté.
—No. No oyen. De todas maneras, duermen como cerdos. Yo soy diferente —dijo—. Soy nervioso.
—Hable bajo —dije—. ¿Quiere fumar?
Fumamos hábilmente en la oscuridad.
—Usted no fuma mucho, Signor Tenente.
—No. Casi dejé. —Bueno —dijo—, no hace nada bien y supongo que uno se acostumbra y ya no lo extraña. ¿Oyó decir alguna vez que los ciegos no fuman porque no pueden ver el humo saliendo del cigarrillo?
—No lo creo.
—Yo también pienso que son puras pavadas —dijo—. Lo oí en alguna parte. Usted ya sabe las cosas que uno oye.
Los dos nos quedamos callados y yo escuchaba a los gusanos de seda.
—¿Oye a esos malditos gusanos? —preguntó—. Se los puede oír masticar.
—Es curioso —dije.
—Diga, Signor Tenente, ¿le pasa algo realmente que no puede dormir? Nunca lo veo dormir. No ha dormido de noche desde que estoy con usted.
—No sé, John —dije—. Empecé a sentirme bastante mal a principios de la última primavera y de noche no me puedo dormir.
—Igual que yo —dijo—. Nunca debería haberme metido en esta guerra. Soy demasiado nervioso.
—Tal vez las cosas mejoren.
—Diga, Signor Tenente, ¿usted para qué se metió en esta guerra?
—No sé, John. En ese momento quería hacerlo.
—Quería —dijo—. Esa es toda una razón.
—No deberíamos hablar fuerte —dije.
—Duermen como cerdos —dijo—. De todas formas, no entienden inglés. No entienden nada de nada. ¿Qué va a hacer cuando termine y volvamos a los Estados Unidos?
—Conseguiré un trabajo en un diario.
—¿En Chicago?
—Tal vez.
—¿Lee alguna vez lo que escribe ese tipo Brisbane? Mi esposa me los recorta y me los manda.
—Claro. —¿Lo conoce?
—No, pero lo he visto.
—Me gustaría conocer a ese tipo. Escribe bien. Mi esposa no lee inglés pero recibe el diario como cuando yo estaba en casa y recorta los editoriales y la página de deporte y me los manda.
—¿Cómo están las chicas?
—Están bien. Una de las chicas está ahora en cuarto grado.
Sabe, Signor Tenente, si no tuviera a las chicas ahora no sería su asistente. Me habrían hecho quedarme en el frente todo el tiempo.
—Me alegra que las tenga.
—A mí también. Son buenas chicas, pero quiero un varón. Tres niñas y ningún varón. Es un verdadero desastre.
—¿Por qué no trata de dormir?
—No, no puedo dormir ahora. Estoy totalmente despierto, Signor Tenente. Pero me preocupa que usted no duerma.
—No se preocupe, John.
—Imagínese a alguien joven como usted sin poder dormir.
—Voy a estar bien. Solo va a llevar un tiempo.
—Tiene que ponerse bien. Un hombre no puede seguir adelante si no duerme. ¿Le preocupa algo? ¿Algo en lo que no puede dejar de pensar?
—No, John. No creo.
—Debería casarse, Signor Tenente. Entonces no se preocuparía.
—No sé.
—Debería casarse. ¿Por qué no elige una linda italianita con mucha plata? Podría tener a la que quisiera. Es joven y tiene buenas condecoraciones y un lindo aspecto. Lo han herido un par de veces.
—No hablo lo bastante bien el idioma.
—Lo habla bien. Al diablo con el idioma. No tiene que hablar con ellas. Solo cásese.
—Lo voy a pensar.
—Conoce a algunas chicas, ¿no es cierto? —Seguro.
—Bueno, cásese con la que más plata tenga. Acá, por la manera en que las educan, todas serán una buena esposa.
—Lo voy a pensar.
—No lo piense, Signor Tenente. Hágalo.
—De acuerdo.
—Un hombre debe casarse. Jamás se arrepentirá. Todos los hombres deberían casarse.
—De acuerdo —dije—. Tratemos de dormir un poco.
—Muy bien, Signor Tenente. Voy a tratar de nuevo. Pero recuerde lo que le dije.
—Lo recordaré —dije—. Ahora durmamos un poco, John.
—De acuerdo —dijo—. Espero que duerma, Signor Tenente. Lo oí darse vuelta en las mantas sobre la paja y después se quedó muy quieto y yo lo escuchaba respirar regularmente. Luego empezó a roncar. Lo escuché roncar un rato largo y después dejé de escucharlo roncar y escuché a los gusanos de seda comiendo. Comían sin parar, dejando caer algo en las hojas. Tenía algo nuevo en que pensar y me quedé recostado en la oscuridad con los ojos abiertos y pensaba en todas las chicas que había conocido en mi vida y qué clase de esposas serían. Era algo muy interesante de pensar y por un rato superó a la pesca de truchas e interfirió con mis oraciones. Pero al final, volví a la pesca de truchas, porque veía que podía acordarme de todos los ríos y siempre encontraba algo nuevo en ellos, mientras que las chicas, después que había pensado en ellas un par de veces, se volvían borrosas y no las podía traer a la mente y al final todas se volvían borrosas y todas se volvían más o menos la misma y dejé de pensar en ellas casi por completo. Pero seguí con mis oraciones y rezaba muy seguido por John por las noches y su clase fue retirada del servicio activo antes de la ofensiva de octubre. Me alegró que no estuviera ahí, porque me habría preocupado muchísimo por él. Varios meses después vino a verme al hospital en Milán y estaba muy decepcionado de que todavía no me hubiese casado y sé que se sentiría muy mal si supiera que, hasta ahora, no me casé. Iba a volver a los Estados Unidos y estaba muy convencido acerca del matrimonio y sabía que arreglaría todos mis problemas.
(Traducido por Jorge Salvetti.)