Ella abrió la carta:
Miranda, si estás leyendo esto significa que ya estoy a kilómetros de casa.
Quiero agradecerte estos quince años juntos y las dos hermosas hijas que
engendramos. Las amo a mi manera y lo sabes. Sin embargo, ya no podía
soportarlo. Todo era estática contigo, conmigo, con nuestra vida. Estaba
muriendo hasta que ella llegó a rescatarme. Su cabello rubio, su mirada
enigmática y la forma salvaje con la que me hace el amor, eran lo que necesitaba
para recordar quién soy, para sentirme nuevamente vivo. La amo, como te amé a
ti alguna vez. Lo nuestro ya no funcionaba, pues a pesar de conocernos desde
hace mucho tiempo ya nos habíamos convertido en extraños. No éramos felices,
al menos yo no lo era, debes entender y dejarme ir. He tomado el dinero del
banco y empezaré una nueva vida, espero que hagas lo mismo; vuelve con tus
padres, encuentra a alguien más, alguien que sí pueda quererte como lo mereces.
Inventa un pretexto para que mis hijas no me odien, diles que las amé y las
amaré siempre, diles que no fui un mal hombre. Miranda, gracias por todo.
Espero puedas entender.