Ya no hay excusas para no escuchar: no estamos corrienndo contra el reloj, ni metidos en el pesado tráfico que nos absorve tantas horas de nuestro día, ni tenemos que salir corriendo a la oficina, ni tampoco a atender reuniones de trabajo o networkings que duplicaban nuestra carga laboral más allá de las 40 horas semanales. Tampoco sentimos el ruido de los carros pasando, ni el bullicio en las tiendas o la gente atropellándose en las calles, corriendo, ensimismados en los teléfonos y con prisa por llegar a algún lugar que ni siquiera ellos conocen, aunque le llamen su hogar.
De un momento a otro nuestra mente salió de su zona de confort y se vio obligada a escuchar a esa voz interna que intentaba gritarnos de todas las maneras posibles que debíamos parar, que era necesario hacer una pausa, que teníamos que respirar profundo, descansar, dejar de correr, deternos, orar, meditar, dormir y pensar. Esa voz que durante muchos años estuvo presa de nuestro pánico, obligándola a silenciarse, a que no nos dijera nada, que no nos juzgara, que no nos preocupara, que no nos recordara para qué vinimos a este mundo y mucho menos, que no se atreviera a recordarnos dónde dejamos tirados nuestros sueños, esperanzas, pasiones y emociones.
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