Por Pablo Callejón
Me quedé pensando en unos tipos felices reunidos frente al Majestic. No parecía haber nada extraño en aquel encuentro de amigos sobre la avenida de Mayo. Debo suponer que eran amigos y no un grupo de turistas extranjeros jactándose de este final de agosto que parece anticipar la primavera. Foráneos no eran. Murmuraban con un acento porteño, de lunfardo. No logré distinguir de qué hablaban y me pregunto por qué debería importarme. Voy cruzando Libertad y Suipacha hasta llegar a Esmeralda. El Tortoni está casi vacío. Pido un café y el programa de la noche. El mozo me cuenta que están armando una peña, un encuentro de tangos. Los sonidos del bar no impiden escuchar los ruidos de la arteria en plena tarde. Las voces, el andar de los autos, los pasos apresurados de peatones. Un hombre me observa jugando sobre el mantel con dos saquitos de azúcar y un atado de Caravanas. Lo saludo con una mueca indiferente. Parece interesado en contarme algo. Se presenta como el doctor Enrique Telémaco Susini. Lo invito a sentarse, pero se niega amablemente. Con la misma risa de los tipos felices frente al hotel de fachada europea, simplemente me pregunta: “¿Escuchaste alguna vez hablar de la radio?”