La vida de Jesús fue de una constante comunión divina con su Padre. En el momento de su bautismo, cuando inició su ministerio mesiánico, oró por el poder divino para cumplir el propósito del Cielo. El Espíritu Santo le dio poder para hacer la voluntad del Padre y cumplir la tarea que tenía por delante. Ya sea en la alimentación de los cinco mil, la curación del leproso o la liberación de los endemoniados, Jesús reconocía que, en la batalla entre el bien y el mal, la oración es un arma poderosa para vencer a las fuerzas del infierno. La oración es una forma ordenada por el Cielo de combinar nuestra impotencia y debilidad con el poder omnipotente de Dios. Es un medio de elevarnos hacia Dios, el único que puede tocar los corazones de aquellos por quienes oramos.