Por Pablo Callejón
Cuando fue por enésima vez a pedir ayuda, solo les rogó que lo detuvieran. Preso quizás viviría. Había recurrido a una ONG, las oficinas del municipio y la Provincia, las mesas de entrada de Tribunales, los despachos policiales y hasta los templos que insisten en no perder la fe. Lo internaron alguna vez, se escapó. Ni siquiera le avisaron. Lo supo cuando su hijo volvió a casa. Le dijo que no volvería a internarse. Estaba sudado, nervioso, algo sucio por el vómito que limpió con sus manos temblorosas, de piel seca. Ella volvió a recorrer los mismos despachos y les pidió que la escucharan. Pasaba otras largas en el hospital con su hija internada por una enfermedad respiratoria crónica. Su hijo había sido papá. Un niño que aprendería a crecer solo con mamá. La última vez que recibió noticias oficiales fue un llamado escueto de un administrativo policial. Habían hallado el cuerpo en cercanías de un puente. La droga tenía más prisa que las burocráticas promesas asistenciales. En el barrio cada fin de semana hay disparos, ambulancias, vecinos que gritan, niños que solo crecerán con mamá. Espasmos.