Eugenio Royo ha sido testigo privilegiado de una generación de cristianos de la clase obrera, a los que la Iglesia no reconoció su condición. Como dirigente sindical y político, no se resignó a la mediocridad ni aceptó la hipótesis de detenerse en el camino de la transformación social. Incómodo para amigos y adversarios, gozó siempre del respeto y el cariño de los que tuvieron la suerte de compartir sus afanes, aunque sus análisis y propuestas no fueran coincidentes.