Marcos 9:30-32 (La Palabra) Se fueron de allí y pasaron por Galilea. Jesús no quería que nadie lo supiera, porque estaba dedicado a instruir a sus discípulos. Les explicaba que el Hijo del hombre iba a ser entregado a hombres que lo matarían, y que al tercer día resucitaría. Pero ellos no entendían nada de esto. Y tampoco se atrevían a preguntarle. PENSAR: Los discípulos tuvieron el gran privilegio de seguir a Jesús y aprender directamente de él. Los llevó atravesando la región de Galilea. Era una región pobre, que no tenía grandes bellezas ni atractivos. No había un gran centro urbano, y su población judía se consideraba inferior a quienes tenían la fortuna de vivir en Jerusalén o cerca de la ciudad. Los galileos tenían un acento característico, y al hablar, delataban su origen humilde e ignorante. En esos poblados galileos es donde el Señor realizó su ministerio de predicación del reino de Dios. Sin embargo, para esos discípulos era imposible entender por qué Jesús no quería que nadie lo supiera. Quería pasar inadvertido por la gente. ¿Por qué no aprovechar su popularidad, para fortalecer su movimiento y su causa? El Señor tenía un propósito más importante: Instruir a sus discípulos. Esta tarea de instrucción era –para el Señor Jesús—una ocupación prioritaria. No deseaba ser conocido y aclamado por todas partes, sino comunicarse con sus discípulos, lo más claramente posible. Esta es la segunda ocasión que les anuncia su muerte. Él les habló directamente y sin parábolas acerca de su muerte. Pero ellos no entendían nada. Era como cuando la materia es complicada, el profesor explica el asunto, varias veces, y nadie lo entiende, pero no se atreven a levantar la mano para preguntar. ¿Por qué pasa eso? Nadie quiere aparecer como menos inteligente que los demás, y por pena, nadie pregunta. Todo el grupo finge que entiende, tal vez porque piensan que se trata de una metáfora poética o de una parábola que hay que interpretar. Pero el mensaje es directo y sencillo: Al Mesías lo van a matar, y resucitará al tercer día. Él se identifica a sí mismo como “el Hijo del Hombre”. Es una referencia a la visión de Daniel 7. De todas las figuras mesiánicas que aparecen en el Antiguo Testamento, el “Hijo del Hombre” es el título más espectacular; es el que se refiere al papel glorioso del Mesías, triunfante sobre todas las bestias de los imperios paganos, y recibiendo el poder del trono del Anciano de días. Sin embargo, en labios del Señor Jesús, ese título tiene otro significado, chocante y escandaloso para la conciencia del judaísmo de aquella época. El Hijo del Hombre va a Jerusalén, no para recibir el poder y la gloria, sino para recibir golpes e insultos, humillaciones y muerte en la cruz. Ahora comprendemos a aquellos discípulos, que no entendían cómo el Hijo del Hombre tenía que sufrir en Jerusalén. ORAR: Señor, llévanos por las calles de tu Galilea, para recibir tu instrucción exclusiva. Amén. IR: El Dios que ha entrado en la historia por medio del Señor Jesús nos llena de esperanza.