Literatura

Federico Falco: Historia del Ave Fénix


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Voz: Manuel López Castilleja
Música: Franz Liszt_Liebestraum
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Una vez, hace muchos años, trajeron un Ave Fénix al pueblo, dijo el viejo.
Vino encerrada en una jaula, en la parte de atrás de una camioneta que manejaba un hombrecito pequeño y de dientes negros. Llegó un martes y prometió quemarla el viernes, ante la vista de la concurrencia. Pero el viernes llovió. El cielo se puso pesado y gris y después llovió. Se llenaron de barro las calles y la gente se quedó en su casa, comiendo buñuelos. El hombrecito, entonces, miró llover y decidió esperar hasta que escampara.
El domingo amaneció soleado y todo estaba listo: con tirantes y tablones de madera armaron una tarima en medio de la plaza. Arriba de la tarima estaba la jaula con el Ave Fénix. La gente, al salir de misa, se apretujaba a su alrededor. El espectáculo salía diez mil pesos por persona, menores de cinco gratis. Fue todo el pueblo. El Ave Fénix estaba quieta en su jaula, acurrucada en un rincón, cada vez más ovillada sobre sí misma. El hombrecito se subió a la tarima y pidió un voluntario. Se ofreció un chico de diez, doce años. El hombrecito le dio una antorcha, le sugirió que la mantuviera lejos de la vista y la encendió. Al chico se le iban los ojos tras el fuego azulino que brotaba de la estopa.
Entonces, el hombrecito buscó un bidón y roció al pájaro con querosén.
Al mojarse, el Ave Fénix se desperezó un poco y se sacudió las plumas, salpicando gotas para los cuatro costados. El hombrecito le hizo una seña y el chico le prendió fuego. Hubo una pequeña explosión y el chico se asustó y dejó caer la antorcha, que se apagó en el suelo.
El Ave Fénix gritaba e intentaba volar dentro de la jaula. Era una bola de fuego. Se chocaba contra los barrotes, caía al piso, se levantaba y chocaba de nuevo. Las alas se movían rápidas, desplegadas y en llamas. En la platea todos estaban callados y quietos, solo se escuchaban los golpes del bicho contra las rejas y los gritos.
El fuego se consumió hasta casi desaparecer y por entre el humo la gente pudo ver cómo el Ave Fénix se desplomaba. Tuvo uno o dos espasmos y el cuello, lo único que hasta el momento se mantenía erguido, terminó de caer. Las llamas todavía ardieron un rato más sobre las plumas que quedaban en el cuerpo chamuscado.
El pueblo contemplaba expectante. Los chicos se colgaban de los vestidos de sus madres, que los cobijaban y les decían, acunándolos, “mi chiquito, mi chiquito, ya pasó, ya pasó”. Los hombres se encogían de hombros, reían nerviosos y no sabían qué decirse. Nadie hablaba. De a poco empezaron a moverse.
Allá, allá, les decían las madres a sus hijos, mientras señalaban la jaula.
De ahí va a salir de nuevo el pájaro, mirá cómo va a salir, les decían.
Los chicos asomaban de a poco las cabezas y sin sacarse los dedos de la boca, posaban entre los barrotes sus ojos desconfiados.
Entonces, del cuerpo surgió una llamita.
Ahí renace, ahí renace, se avisaron unos a otros.
Pero el resabio de fuego se apagó enseguida. Un viento suave sopló desde el norte y algunas plumas salvadas del incendio se arremolinaron junto a la jaula. Alguien de la primera fila se paró, tapando la visión. Desde atrás le gritaron que se sentara. Uno lo agarró del brazo y lo instaló de nuevo en su silla. Cuando se despejó la perspectiva observaron atentamente a ver si algo había cambiado pero dentro de la jaula todo seguía más o menos igual.
Lenta avanzaba la tarde. Algunos, los más viejos, empezaron a irse. Mascullaban callados alejándose del gentío. Las mujeres con los hijos dormidos en la falda también se retiraban esquivando cabezas con la vista fija en la tarima.
Cercano a la fuente surgió un murmullo: reclamaban al hombrecito, querían saber cuánto tardaba el Ave Fénix en resucitar. Pero el hombrecito no aparecía por ningún lado. Los hombres comenzaron a discutir, pretendían que les devolvieran el dinero de la entrada. Las mujeres hablaban entre ellas, un poco más alejadas del grupo, con los críos llorosos colgados de las piernas. El comisario organizó la redada. Seis o siete muchachos y dos agentes salieron de a caballo a recorrer los caminos. Unos chicos se subieron a la tarima y con un palo azuzaron el cuerpo negro, carbonizado y quieto.
La partida regresó ya de noche y sin el hombrecito. Habían recorrido cinco leguas a la redonda y no lo habían podido encontrar. Para entonces en la plaza solo quedaban tres chicos jugando a la mancha entre las sillas. A los gritos, desde una esquina, una mujer gorda los llamaba a cenar. Después, solo quedó la tarima y las sillas desacomodadas. Aparecieron dos gatos, uno se metió entre los barrotes y comenzó a hurguetear los restos del pájaro. Alguien lo espantó tirándole cascotes. Eso es todo.
¿En qué año pasó esto?, preguntaron.
En el treinta y tres o treinta y cuatro, si mal no recuerdo, respondió el viejo.
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LiteraturaBy Manuel López