El Espíritu Santo nunca fue dado para que fabriquemos nuestra propia versión de espiritualidad, como hicieron Nadab y Abiú cuando presentaron delante del Señor un fuego que Él no había mandado. Ellos ofrecieron algo que parecía correcto, pero cuyo origen no provenía de Dios, y esa es la advertencia que sigue vigente hoy: lo que nace de nuestra carne puede brillar por un momento, pero no sostiene la vida. En cambio, el Espíritu es el fuego verdadero que Dios enciende para mantenernos firmes en santidad, obediencia y misión. Él es quien fortalece el corazón cuando las pruebas nos desgastan, quien purifica lo que estorba, quien produce arrepentimiento real en lugar de emoción pasajera. Y así como sostiene nuestra vida interior, también nos impulsa hacia afuera: nos llena de valentía para testificar, nos da palabras que honran a Cristo y nos mueve a vivir para Él. Sin el Espíritu, todo esfuerzo espiritual termina siendo fuego extraño, intenso pero vacío; con Él, la llama permanece, transforma y nos mantiene en el camino día tras día. Por eso, no traigamos fuego fabricado: acerquemos el altar, que Dios enviará el suyo.