Fernando Hueso González
Coautoría: Rosa Carrasco de Fez
Nuestra retina detecta millones de fotones por segundo para formar una imagen de nuestro alrededor. Increíblemente, en total oscuridad, también es capaz de distinguir un solo fotón o «cuanto». Esta imagen muestra una radiografía de un tubo fotomultiplicador de vacío, un artilugio físico diseñado para imitar lo más fielmente posible aquello que nuestro sentido de la visión es capaz de hacer de forma natural. Cuando un único fotón incide en la ventana de entrada o cátodo (abajo), se genera un electrón (efecto fotoeléctrico), que es acelerado a través del vacío mediante campos eléctricos de cientos de voltios hacia las estructuras cóncavas centrales o dínodos. Al rebotar con los diferentes dínodos este electrón genera una reacción en cadena exponencial que genera una avalancha de electrones, hasta un millón de electrones por un solo fotón incidente. Esta señal eléctrica es capturada por el ánodo, una minúscula malla hexagonal que se vislumbra encima de los dos últimos dínodos cóncavos. Los cables sirven para extraer la señal eléctrica del tubo de vacío al exterior, así como para generar los campos eléctricos aceleradores, alimentando a cada electrodo con su voltaje.