Elegida madre superiora de su comunidad, y poco después, cuando tenía 42 años, una voz celestial le ordenó: «Oh, débil criatura, ceniza de ceniza y polvo de polvo, cuenta y escribe lo que ves y oyes». Tras no pocas vacilaciones, se confesó a su director espiritual, y a través de él al abad en cuya jurisdicción se encontraba su convento.
Resulta legítimo considerar a Hildegarda de Bingen como una de las figuras más importantes en la historia del largo camino de la emancipación de la mujer. Ciertamente le era imposible cuestionar de forma radical el dominio masculino, pero valoraba la feminidad como nunca nadie lo había hecho. En sus libros místicos daba la vuelta a su imagen negativa: asimilaba su debilidad a la de Cristo para exaltarla aún más; también desarrollaba una espiritualidad intensa, sensual y casi erótica en torno a la Virgen.