
Sign up to save your podcasts
Or


Recuerdo que para el año 2016 la cosa no estaba nada buena en mi país, mucho menos en mi ciudad, las bellas playas y costas cercanas con el rico calor húmedo de aquel Puerto La Cruz carecían de protagonismo cuando te enterabas que iba a llegar comida, pañales y artículos de aseo a precio regulado y por ende debías enfilarte para lograr acceder a ella.
Recuerdo que era toda una agenda: te levantabas, desayunabas fuerte, te llevabas un termo con agua y tu preparación mental era tan comparable como aquel famoso ilusionista llamado David Blaine.
Un carrito con ruedas, de esos de tela, para hacer el mercado era mi mejor aliado, un bolso con reservas de comida para el camino me harían aguantar aquello que me esperaba. Si salías muy temprano corrías con la suerte de sorprenderte por entrar en unos de los primeros 30 puestos de aquella larga fila que dos horas más tarde sería el equivalente a 3 cuadras llenas de gente intentando sobrevivir a lo mismo, y no, no estoy exagerando. Así era.
Ver madres con sus hijos en brazos, gente sedienta, con hambre, flacos y con el último círculo del cinturón para ajustarse el pantalón, era por encimita, una de las cosas que me llegan a la mente.
El Sol de la mañana te activaba, el ruido de la ciudad iba creciendo a medida que la gente iba saliendo a sus trabajos, el smoke empezaba a opacar el olor a jabón de aquellos recién duchados que hacíamos fila. Entre una conversación y otra, entre quejas y buen humor repentino, se intentaba hacer el tiempo suficiente para mantenerte con calma y no retirarte del lugar.
A medida que se activaba el calor intenso, el termo con agua iba bajando, el hambre se hacía cada vez más fuerte, sacabas aquel pancito como reserva, lo compartías con la señora y la mirada de su bebé en brazos que apenas conociste en ese momento, llega tu turno, sientes el alivio por mostrar tu cedula al guardia nacional que custodiaba las filas y mantenía el órden, entrabas a la tienda y como si fuera un concurso televisivo buscabas lo más rápido posible los productos regulados tanto en precio como en cantidad por persona.
Al salir ibas a toda prisa por volver a tu casa con el temor de que alguien quisiera apoderarse indebidamente de aquello que habías conseguido. Contabas tu anécdota, si corrías con suerte desempacabas las cosas y te dabas por victorioso al superar aquella odisea que se repetía cada vez que te enterabas de lo que iban a vender.
Era un ciclo que se volvía costumbre, en cierta medida apreciabas mejor el valor de las cosas, pero era un estilo de vida que yo particularmente no deseaba para mí ni para mi familia.
8 horas de haber estado de pie en una fila para comprar pollo y que se agote justo al llegar mi turno para tener que regresar a casa solo con un paquete de galletas para mi hijo, fueron suficiente motivo para dar comienzo al plan de querer salir del país.
By Eduardo EviaRecuerdo que para el año 2016 la cosa no estaba nada buena en mi país, mucho menos en mi ciudad, las bellas playas y costas cercanas con el rico calor húmedo de aquel Puerto La Cruz carecían de protagonismo cuando te enterabas que iba a llegar comida, pañales y artículos de aseo a precio regulado y por ende debías enfilarte para lograr acceder a ella.
Recuerdo que era toda una agenda: te levantabas, desayunabas fuerte, te llevabas un termo con agua y tu preparación mental era tan comparable como aquel famoso ilusionista llamado David Blaine.
Un carrito con ruedas, de esos de tela, para hacer el mercado era mi mejor aliado, un bolso con reservas de comida para el camino me harían aguantar aquello que me esperaba. Si salías muy temprano corrías con la suerte de sorprenderte por entrar en unos de los primeros 30 puestos de aquella larga fila que dos horas más tarde sería el equivalente a 3 cuadras llenas de gente intentando sobrevivir a lo mismo, y no, no estoy exagerando. Así era.
Ver madres con sus hijos en brazos, gente sedienta, con hambre, flacos y con el último círculo del cinturón para ajustarse el pantalón, era por encimita, una de las cosas que me llegan a la mente.
El Sol de la mañana te activaba, el ruido de la ciudad iba creciendo a medida que la gente iba saliendo a sus trabajos, el smoke empezaba a opacar el olor a jabón de aquellos recién duchados que hacíamos fila. Entre una conversación y otra, entre quejas y buen humor repentino, se intentaba hacer el tiempo suficiente para mantenerte con calma y no retirarte del lugar.
A medida que se activaba el calor intenso, el termo con agua iba bajando, el hambre se hacía cada vez más fuerte, sacabas aquel pancito como reserva, lo compartías con la señora y la mirada de su bebé en brazos que apenas conociste en ese momento, llega tu turno, sientes el alivio por mostrar tu cedula al guardia nacional que custodiaba las filas y mantenía el órden, entrabas a la tienda y como si fuera un concurso televisivo buscabas lo más rápido posible los productos regulados tanto en precio como en cantidad por persona.
Al salir ibas a toda prisa por volver a tu casa con el temor de que alguien quisiera apoderarse indebidamente de aquello que habías conseguido. Contabas tu anécdota, si corrías con suerte desempacabas las cosas y te dabas por victorioso al superar aquella odisea que se repetía cada vez que te enterabas de lo que iban a vender.
Era un ciclo que se volvía costumbre, en cierta medida apreciabas mejor el valor de las cosas, pero era un estilo de vida que yo particularmente no deseaba para mí ni para mi familia.
8 horas de haber estado de pie en una fila para comprar pollo y que se agote justo al llegar mi turno para tener que regresar a casa solo con un paquete de galletas para mi hijo, fueron suficiente motivo para dar comienzo al plan de querer salir del país.