Nehemías 3:1-6 (La Palabra) Así pues, el sumo sacerdote Eliasib y sus hermanos, los sacerdotes, pusieron manos a la obra y reconstruyeron la Puerta de las Ovejas. La montaron y la consagraron y luego continuaron la obra de reconstrucción hasta la Torre de Ciento y hasta la Torre de Jananel, obra que también consagraron. Codo con codo con ellos trabajaron asimismo los de Jericó y Zacur, hijo de Imrí. La familia de Senaá construyó la Puerta del Pescado, poniendo las vigas, montando las hojas de las puertas y colocando las cerraduras y las barras. Junto a ellos participaron en la restauración Meremot, hijo de Urías y nieto de Cos, y también Mesulán, hijo de Berequías y nieto de Mesezabel, junto con Sadoc, hijo de Baaná. También los tecoítas colaboraron en la obra, si bien sus notables rehusaron participar en la obra de sus señores. La Puerta Vieja fue restaurada por Joyadá, hijo de Paséaj, y por Mesulán, hijo de Besodías, quienes pusieron las vigas y colocaron las hojas de las puertas con sus cerraduras y sus barras. PENSAR: El libro que estamos leyendo se llama “Nehemías”, porque fue el líder del proyecto de reconstrucción. Él sintió un dolor profundo ante la situación desoladora de su pueblo, se aferró al pacto que Dios había hecho de bendecir a todas las familias de la tierra por medio de este pueblo, luchó con su situación personal y la aprovechó para conseguir permisos y recursos, realizó una evaluación diagnóstica, se rodeó de un equipo y formuló un plan. Pero reconstruir la muralla de Jerusalén era un trabajo que no podía hacer una sola persona. Debía ser el trabajo del pueblo. Es curioso que “trabajo del pueblo” es precisamente el significado de la palabra “liturgia”, que se usa hoy en día para referirse al orden de culto que las iglesias utilizan para adorar a Dios. De manera que la reconstrucción de la muralla de Jerusalén es un acto verdaderamente litúrgico, porque en ella participa el pueblo, y también porque su propósito es la adoración al único Dios verdadero. Así también en cada cosa que hace falta hacer en la iglesia, es trabajo de todos. En este sentido, es importante que la lista de participantes esté encabezada por el sumo sacerdote. Eliasib y sus hermanos fueron sacerdotes que se hicieron albañiles. Y al mismo tiempo son albañiles con función sacerdotal, porque iban consagrando cada tramo que reconstruían. Esta reconstrucción es un trabajo santo. El relato comienza con la puerta de las ovejas, y ahí mismo veremos que se cerrará el círculo un poco más delante. Es la puerta donde muchos años más tarde, en un día de reposo, el Señor Jesús cambiaría la vida de un hombre que no podía caminar y que sólo ofrecía excusas ante la pregunta del Señor: “¿Quieres ser sano?” (Jn 5:1-18). Hay muchos nombres de personas que participaron codo con codo en la liturgia de reconstrucción. Sin distinción de jerarquías, sacerdotes y laicos, nobles y plebeyos, porque la muralla es asunto de todos. Es trabajo en común. Esta koinonía del trabajo no le agradó a “los notables” de Tecoa, que no quisieron humillarse a prestar sus servicios. No quisieron mancharse las manos con el cemento. No quisieron parecer simples trabajadores. No quisieron someterse a las órdenes de supervisores, ni trabajar en la obra del Señor, que en este capítulo es liturgia, trabajo de todo el pueblo. ORAR: Señor, danos la alegría de participar en el trabajo santo de reconstruir a tu pueblo. Amén. IR: “De la abundancia del corazón habla la boca”.