Pero no siempre vivimos «junto a arroyos de aguas», pues no siempre nuestra comunión con Dios es lo que debiera ser. De vez en cuando (¿o con frecuencia?) pasamos por la experiencia de la sequía espiritual. David expresó esta situación con un lamento angustioso: «Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas» (Sal. 63:1). Si terrible es una sequía física pertinaz, más lo es la sequía espiritual.