Juan Valencia Herrera fue un espía al servicio de Felipe II, un hombre de sombras más que de nombres. Operó entre cortes, puertos y cancillerías, donde la información valía más que los ejércitos. Discreto, culto y paciente, supo ganarse confianzas mientras servía a una monarquía obsesionada con el control y el secreto. Sus informes, precisos y sin adornos, alimentaron la vasta red de inteligencia del Rey Prudente, siempre atento a conjuras y herejías. Valencia Herrera encarnó al agente silencioso del Siglo de Oro: leal a la Corona, invisible para la Historia, imprescindible para el poder.