Para Ángela Sofía la política no es un mundo nuevo, en cambio las campañas y la exposición mediática sí. Me cuenta que de niña estuvo permeada por discursos sobre poder, sociedad, desigualdad, teorías políticas, filosofía, elecciones, violencia y derechos humanos. Nació en Bogotá, aunque sus padres son vallunos. Angelino de Buga, y doña Luz Marina, docente de física, de El Cerrito.
“Mi mamá no era persona que gastara en ropa, o en lujos, sino que gastaba sus ahorros en comprar libros. Y mi papá se separó de nosotros cuando yo era muy chica, pero cada vez que nos visitaba y podía estar en las noches, nos leía algún cuento”, relata.
Su casa era un templo de libros, en el que había un altar para la Biblia, y montañas de otros textos regados por doquier. A los ocho años ya leía literatura universal. Tiene presente Nana de Émile Zola, Eugenia Grandet de Honoré de Balzac y los relatos de Sherlock Holmes.
Acompañaba discusiones de intelectuales y universitarios en las que participaba el afamado profesor italiano Carlo Federici, quien, dice Ángela Garzón, trajo la lógica matemática a Colombia. Ella escribía y compartía sus ensayos sobre cultura de convivencia ciudadana con Federici y el profesor Antanas Mockus, muy cercano amigo de su madre, y quien por cosas de la vida se convertiría en competidor de su padre en las elecciones presidenciales de 2010.
Ángela sobre todo es una mujer agradecida. Primero con Dios, de quien asegura jamás olvidarse y que le ha dado consuelo en los peores momentos de su vida, así como ánimo cuando alguna gloria la sorprende. Segundo con sus padres, con los dos, a quienes admira por haber surgido desde tan abajo; ni Luz Marina ni Angelino pudieron entrar a la universidad hasta que trabajaron para pagársela, y nunca expresaron voz alguna de resentimiento, ni mucho menos exigieron a sus hijos que debían también pasar tantas dificultades para tener una formación realmente valorable.
“A pesar de la pobreza mi mamá siempre fue muy creativa. En las fiestas especiales, como cumpleaños y Navidad, nos hacía sorpresas, regalitos sencillos sin necesidad de juguetes de lujo. Ella nos hizo una infancia muy feliz, que nos enseñó a apreciar las cosas bellas y sencillas de la vida”, asegura.
Su adolescencia fue más rodeada de adultos que de jóvenes, y poco fue noviera. Pero sí apreciaba alguna fiesta en la que sonara música brasileña o salsa, pues exalta que por su sangre corre el tumbao caleño. “Pero si soy o no buena bailarina, habrá que preguntarle a los parejos”.
De su pasado nada la arrepiente, solo que ahora no pueda volver a vivir las tradicionales vacaciones en el Valle del Cauca, cuando más amó la vida. Sus viajes con sus padres y hermanos resultaban en el esperado ‘paseo de olla a rio’. Se bañaban todos en las aguas del Pance y La Chorrera del Indio. Hacían sancocho de leña y veía encantada que Angelino lanzara a su hermana a la parte honda. Ella era muy tímida y prefería quedarse en la orilla, donde las piedras dificultan el caminar descalzos. Luego en su mente está la carretera entre Palmira y Cali, rodeada de árboles y flores, que recorrían en carro con los tíos y primos escuchando salsa. Las fiestas decembrinas en la sucursal del cielo y la gran feria de Cali. Hace poco volvió a pasar por esos sitios y lo que más nostalgia le produce son los ríos, hoy secos o contaminados.
Juan Gonzalo Angel