Desde finales del s. III la decadencia de Roma era imparable. Aunque las fronteras del Imperio aún se extendían por la mayor parte de Europa Occidental, el norte de África y el Mediterráneo oriental, el esfuerzo requerido para administrar y defender tan vasto territorio supuso un fuerte desgaste que desembocó en una profunda crisis de todas las instituciones imperiales, que se agravaría a finales del siglo IV