La verdadera conversión no depende de experiencias espectaculares sino de un corazón abierto que reconoce a Dios en lo sencillo y cotidiano, dejándose transformar por Su presencia real y discreta.
La verdadera conversión no depende de experiencias espectaculares sino de un corazón abierto que reconoce a Dios en lo sencillo y cotidiano, dejándose transformar por Su presencia real y discreta.