Dios libertó al pueblo de Israel y lo introdujo en una tierra donde fluía leche y miel: tierra de gran bendición. Dios destruyó los pueblos que practicaban la idolatría: que es abominación. Ningún verdadero cristiano reza, ni miente, ni tendrá imágenes: esto es una maldición para toda su familia. El Evangelio, donde está la Verdad, rompe las barreras de la mentira y la maldición.