Jesús enseñó que el divorcio nunca fue la intención de Dios para el matrimonio. Lo que les quería decir a sus discípulos era: “Antes de bajar de este monte y convertirse en parte de mi solución y mi respuesta para las vidas de los demás, ustedes deben aprender a usar la Palabra de Dios correctamente, a aplicar la Palabra de Dios a sus propias vidas y especialmente a sus relaciones". Y, para hacerlo, uno debe aplicar el espíritu de la Ley y no solo la letra de la Ley.