En ese entonces la dicha constante que rodeaba por doquier a los tiahuanacotas abrieron los ojos del placer, pero cerraron los ojos del alma dejándolos sin poder distinguir el bien del mal.
En ese entonces la dicha constante que rodeaba por doquier a los tiahuanacotas abrieron los ojos del placer, pero cerraron los ojos del alma dejándolos sin poder distinguir el bien del mal.