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La invasión del ruido en la naturaleza nos aleja del canto de los pájaros. Observar y escuchar las aves nos devuelve al entorno natural y nos reconcilia con la vida.
Lena Pettersson. Ecologista nº 124
sta mañana, al salir a trabajar en el jardín, en lugar de simplemente oír el canto de los pájaros como una música de fondo que me hace sentir bien, he intentado fijarme en las diferentes voces que juntas forman la sinfonía matutina de la naturaleza. Mi aumento de atención ha sido gracias a un librito exquisito publicado por Ediciones el Salmón en marzo 2025: Por qué cantan los pájaros, de Jacques Delamain.
La versión original (en francés) fue publicada hace casi 100 años, en 1928, y tuvo bastante éxito por la gran erudición del autor y su estilo fluido y lírico. Fue escrita en un tiempo en el que no existían los móviles, cuando no era posible recurrir a ninguna app que detectara los diferentes sonidos e informara sobre qué aves había en un lugar. Para conocerlos, había que observar y escuchar con atención y paciencia, con amor y humildad. Fue escrita también en un tiempo en el que las estaciones se sucedían a un ritmo más regular que ahora, cuando se podía saber en qué mes llegarían las aves migrantes de África, en qué mes se volverían a ir, y cuando llegarían las lluvias y los fríos del otoño.
Sin embargo, tampoco ese tiempo fue de tranquilidad y armonía, ya que Jacques Delamain vivió las dos guerras mundiales del siglo XX. Las notas que tomó sobre los cantos de los pájaros le ayudaron a mantener la esperanza y la cordura durante los tres años que pasó en el infierno de las trincheras de la Primera Guerra Mundial; fueron incorporadas como Journal de guerre d’un ornithologue en las ediciones francesas de Porquoi les oiseaux chantent. El mundo de las aves fue siempre para él una fuente de felicidad –algo que su pequeño libro transmite muy bien– y al morir en 1953 dejó su propiedad en Saint-Brice a la Ligue de Protection des Oiseaux, como refugio de las aves.
Por qué cantan los pájaros no es una guía de aves, sino más bien un cuaderno de campo en el que el autor, en un lenguaje a la vez preciso y poético, describe la vida de una miríada de pájaros que visitan o habitan su región natal de Charente, en el oeste de Francia: sus cantos, su vida social, sus ritos de apareamiento y crianza, sus hábitos de alimentación, sus movimientos y migraciones. Jacques Delamain los observa, a ellos y al bosque, a la llanura o al río donde aparecen. Se asombra, se maravilla, se hace preguntas. Leer su libro nos anima a hacer lo mismo.
En el primer capítulo, que da el título al libro, el autor describe el canto de las diferentes especies: el “hilillo de sonido fino, estridente” de los serines, que se filtra por entre las agujas de los pinos marítimos, la “veintena de estrofas diferentes”, en las que el ruiseñor “acumula sus notas ricas y plenas, las liga, las opone, las repite”, o “el parloteo a la vez cantado, hablado y silbado, compuesto de todos los rumores de la naturaleza” que –como los consumados imitadores que son– los estorninos han recogido en sus idas y venidas entre la llanura y el bosque.
No todos los sonidos son cantos; muchos son simples pero importantes mensajes con los que los pájaros se comunican con sus semejantes a través del territorio. Según Delamain, “las colonias permanentes, lo mismo que las bandadas efímeras de invierno, no producen, en ninguna estación, grandes cantores”, sino que los grandes artistas se encuentran más bien entre las especies solitarios como los mirlos, los petirrojos o los ruiseñores. El pinzón, en primavera, necesitará apartarse de la bandada de compañeros de invierno para reanudar y depurar su canto. Toda arte necesita su disciplina y práctica.
Como el libro de Delamain ha despertado mi interés, acudo a otro ornitólogo y autor, Colin Tudge, que en su libro Consider the Birds (2008) explica que la mayoría de las aves cantoras pertenecen a alguna de las 50 familias que hay en el orden de los paseriformes. Nacen con unos conocimientos básicos inherentes, pero luego necesitan desarrollar su canto imitando a su padre (que suele cantar más que la madre) y de sus otros congéneres de la localidad durante los primeros meses de su vida. De ahí que existan “dialectos” –variaciones regionales– en el canto de una misma especie. Algunas especies, la minoría, pueden seguir aprendiendo durante toda su vida, ampliando su repertorio.
Los cantos no suelen transmitir mensajes específicos (al menos no que sepamos), aunque Tudge afirma que pueden transmitir “información general”: si el canto es largo y variado prueba que el cantor es un individuo maduro, que ha aprendido de su experiencia y que tiene buena salud, ya que para cantar se necesita mucha energía.
En cambio, los gritos o llamadas sí constituyen mensajes breves y específicos: “¡peligro!”, “aquí hay comida”, o “¡largo de aquí!”. Cada especie suele tener su propio “vocabulario”; las gallináceas son una de las familias que lo tiene más extenso, con una veintena de avisos diferentes. Sin embargo, algunas especies comparten vocabulario, como los mirlos, pinzones y carboneros que emiten la misma señal de alarma cuando se acerca una rapaz. En cambio, las llamadas de las crías a los padres se diferencian no solo entre especies, sino entre los individuos.
Según el tipo de mensaje y el tipo de hábitat en el que se emite, varía también la frecuencia del sonido: una llamada en tono agudo puede atravesar bastante distancia en un espacio abierto, pero no en un espacio de vegetación densa. Así que, si se quiere que el mensaje llegue lejos incluso en el bosque, habrá que elegir un sonido grave, de frecuencia baja.
Se pregunta Colin Tudge si los pájaros disfrutarán cantando. Para Jacques Delamain no existe ninguna duda: para él, en el canto “la vida emotiva del pájaro llega a su culmen: bienestar, alegría de vivir, felicidad de sentirse en su lugar en el rincón de la naturaleza escogida”.
En la introducción al ‘Por qué cantan los pájaros’, Salvador Cobo expresa su preocupación de que el mundo del que nos habla Jacques Delamain esté casi desaparecido, ya que cada vez hay más aves en peligro de extinción.
Según la más reciente actualización del Libro Rojo de las Aves en España (2021), editado por SEO/Birdlife, el 25% de las 359 especies evaluadas se encuentran claramente amenazadas y si incluimos también las “casi amenazadas” y las especies sobre las que faltan datos, son la mitad. Las principales amenazas analizadas son, por este orden: la contaminación, la pérdida o alteración de los hábitats, la agroganadería y silvicultura “intensivas” (es decir, industriales, de monocultivos, maquinaria pesada, insumos químicos, etc), el cambio climático, la caza, las especias exóticas invasoras, las perturbaciones por actividades humanas recreativas o laborales, la infraestructura de energía renovable y minería, la inacción de las Administraciones Públicas, electrocución y atropellos, y los desarrollos urbanísticos.
No solo por la desaparición de especies peligra esa sinfonía natural que nos deleita tanto, aunque no sepamos distinguir las diferentes voces, sino también por la invasión planetaria de los ruidos de origen humano.
En su más reciente libro, Carbon, the Book of Life (“Carbono, el libro de la vida”, no traducido al español todavía), Paul Hawken nos recuerda la importancia de los sonidos y de la luz (o su ausencia) para los sistemas de comunicación en la naturaleza, y que tanto la luz artificial de noche, como los ruidos a todas horas trastornan el mundo de los insectos, aves y mamíferos (incluidos nosotros, claro). Escribe que “los habitantes de un ecosistema se repartirán los espacios acústicos para no competir en el ancho de banda”, y si una especie –el ser humano– ocupa todo el espacio sonoro, los otros forzosamente tendrán que callarse. “La Naturaleza ha escuchado a sí misma durante millones de años. Actúa basándose en sus propios sonidos, en un lenguaje que escapa de nuestra comprensión”. Pero ahora un gran silencio se está extendiendo sobre el mundo natural, causado por la contaminación sonora.
Aparte de seguir trabajando para mitigar el cambio climático, para que se transite hacia una agricultura orgánica, para que los paneles fotovoltaicos se instalen sobre los tejados de edificios y no en los espacios naturales, para que se limite la caza, etc., podemos intentar crear entornos –grandes o pequeños– que sirvan como refugio para las aves, que les brinden abrigo y alimentos. Si vivimos en una ciudad, trabajar para que haya más espacios verdes para disfrute y salud de humanos y no humanos. Y si tenemos un patio o jardín, procurar tener algún árbol o al menos algún arbusto y algún cuenco con agua donde los pájaros puedan beber. Y aceptar un poco más de “desorden” y “suciedad”. Los pájaros comen insectos, frutas, bayas y semillas…Por lo tanto, dejar unos rincones con hojas caídas o madera podrida (que son hábitats para muchos insectos), dejar que las flores (o al menos algunas de ellas) produzcan semillas antes de cortarlas, y entender que un coleóptero comiéndose una hoja no significa necesariamente una plaga que haya que eliminar, sino simplemente la presencia de un pequeño eslabón en la cadena trófica.
Y, y además, y sobre todo, y para empezar: buscar un lugar donde la vida no humana todavía no ha sido desahuciada, estarnos quietos ahí, y observar, escuchar, asombrarnos y maravillarnos.
Democracia, paz y libertad en Rojava y Siria
la línea de alta tensión de evacuación de un megaproyecto eólico
By Radio AlmainaLa invasión del ruido en la naturaleza nos aleja del canto de los pájaros. Observar y escuchar las aves nos devuelve al entorno natural y nos reconcilia con la vida.
Lena Pettersson. Ecologista nº 124
sta mañana, al salir a trabajar en el jardín, en lugar de simplemente oír el canto de los pájaros como una música de fondo que me hace sentir bien, he intentado fijarme en las diferentes voces que juntas forman la sinfonía matutina de la naturaleza. Mi aumento de atención ha sido gracias a un librito exquisito publicado por Ediciones el Salmón en marzo 2025: Por qué cantan los pájaros, de Jacques Delamain.
La versión original (en francés) fue publicada hace casi 100 años, en 1928, y tuvo bastante éxito por la gran erudición del autor y su estilo fluido y lírico. Fue escrita en un tiempo en el que no existían los móviles, cuando no era posible recurrir a ninguna app que detectara los diferentes sonidos e informara sobre qué aves había en un lugar. Para conocerlos, había que observar y escuchar con atención y paciencia, con amor y humildad. Fue escrita también en un tiempo en el que las estaciones se sucedían a un ritmo más regular que ahora, cuando se podía saber en qué mes llegarían las aves migrantes de África, en qué mes se volverían a ir, y cuando llegarían las lluvias y los fríos del otoño.
Sin embargo, tampoco ese tiempo fue de tranquilidad y armonía, ya que Jacques Delamain vivió las dos guerras mundiales del siglo XX. Las notas que tomó sobre los cantos de los pájaros le ayudaron a mantener la esperanza y la cordura durante los tres años que pasó en el infierno de las trincheras de la Primera Guerra Mundial; fueron incorporadas como Journal de guerre d’un ornithologue en las ediciones francesas de Porquoi les oiseaux chantent. El mundo de las aves fue siempre para él una fuente de felicidad –algo que su pequeño libro transmite muy bien– y al morir en 1953 dejó su propiedad en Saint-Brice a la Ligue de Protection des Oiseaux, como refugio de las aves.
Por qué cantan los pájaros no es una guía de aves, sino más bien un cuaderno de campo en el que el autor, en un lenguaje a la vez preciso y poético, describe la vida de una miríada de pájaros que visitan o habitan su región natal de Charente, en el oeste de Francia: sus cantos, su vida social, sus ritos de apareamiento y crianza, sus hábitos de alimentación, sus movimientos y migraciones. Jacques Delamain los observa, a ellos y al bosque, a la llanura o al río donde aparecen. Se asombra, se maravilla, se hace preguntas. Leer su libro nos anima a hacer lo mismo.
En el primer capítulo, que da el título al libro, el autor describe el canto de las diferentes especies: el “hilillo de sonido fino, estridente” de los serines, que se filtra por entre las agujas de los pinos marítimos, la “veintena de estrofas diferentes”, en las que el ruiseñor “acumula sus notas ricas y plenas, las liga, las opone, las repite”, o “el parloteo a la vez cantado, hablado y silbado, compuesto de todos los rumores de la naturaleza” que –como los consumados imitadores que son– los estorninos han recogido en sus idas y venidas entre la llanura y el bosque.
No todos los sonidos son cantos; muchos son simples pero importantes mensajes con los que los pájaros se comunican con sus semejantes a través del territorio. Según Delamain, “las colonias permanentes, lo mismo que las bandadas efímeras de invierno, no producen, en ninguna estación, grandes cantores”, sino que los grandes artistas se encuentran más bien entre las especies solitarios como los mirlos, los petirrojos o los ruiseñores. El pinzón, en primavera, necesitará apartarse de la bandada de compañeros de invierno para reanudar y depurar su canto. Toda arte necesita su disciplina y práctica.
Como el libro de Delamain ha despertado mi interés, acudo a otro ornitólogo y autor, Colin Tudge, que en su libro Consider the Birds (2008) explica que la mayoría de las aves cantoras pertenecen a alguna de las 50 familias que hay en el orden de los paseriformes. Nacen con unos conocimientos básicos inherentes, pero luego necesitan desarrollar su canto imitando a su padre (que suele cantar más que la madre) y de sus otros congéneres de la localidad durante los primeros meses de su vida. De ahí que existan “dialectos” –variaciones regionales– en el canto de una misma especie. Algunas especies, la minoría, pueden seguir aprendiendo durante toda su vida, ampliando su repertorio.
Los cantos no suelen transmitir mensajes específicos (al menos no que sepamos), aunque Tudge afirma que pueden transmitir “información general”: si el canto es largo y variado prueba que el cantor es un individuo maduro, que ha aprendido de su experiencia y que tiene buena salud, ya que para cantar se necesita mucha energía.
En cambio, los gritos o llamadas sí constituyen mensajes breves y específicos: “¡peligro!”, “aquí hay comida”, o “¡largo de aquí!”. Cada especie suele tener su propio “vocabulario”; las gallináceas son una de las familias que lo tiene más extenso, con una veintena de avisos diferentes. Sin embargo, algunas especies comparten vocabulario, como los mirlos, pinzones y carboneros que emiten la misma señal de alarma cuando se acerca una rapaz. En cambio, las llamadas de las crías a los padres se diferencian no solo entre especies, sino entre los individuos.
Según el tipo de mensaje y el tipo de hábitat en el que se emite, varía también la frecuencia del sonido: una llamada en tono agudo puede atravesar bastante distancia en un espacio abierto, pero no en un espacio de vegetación densa. Así que, si se quiere que el mensaje llegue lejos incluso en el bosque, habrá que elegir un sonido grave, de frecuencia baja.
Se pregunta Colin Tudge si los pájaros disfrutarán cantando. Para Jacques Delamain no existe ninguna duda: para él, en el canto “la vida emotiva del pájaro llega a su culmen: bienestar, alegría de vivir, felicidad de sentirse en su lugar en el rincón de la naturaleza escogida”.
En la introducción al ‘Por qué cantan los pájaros’, Salvador Cobo expresa su preocupación de que el mundo del que nos habla Jacques Delamain esté casi desaparecido, ya que cada vez hay más aves en peligro de extinción.
Según la más reciente actualización del Libro Rojo de las Aves en España (2021), editado por SEO/Birdlife, el 25% de las 359 especies evaluadas se encuentran claramente amenazadas y si incluimos también las “casi amenazadas” y las especies sobre las que faltan datos, son la mitad. Las principales amenazas analizadas son, por este orden: la contaminación, la pérdida o alteración de los hábitats, la agroganadería y silvicultura “intensivas” (es decir, industriales, de monocultivos, maquinaria pesada, insumos químicos, etc), el cambio climático, la caza, las especias exóticas invasoras, las perturbaciones por actividades humanas recreativas o laborales, la infraestructura de energía renovable y minería, la inacción de las Administraciones Públicas, electrocución y atropellos, y los desarrollos urbanísticos.
No solo por la desaparición de especies peligra esa sinfonía natural que nos deleita tanto, aunque no sepamos distinguir las diferentes voces, sino también por la invasión planetaria de los ruidos de origen humano.
En su más reciente libro, Carbon, the Book of Life (“Carbono, el libro de la vida”, no traducido al español todavía), Paul Hawken nos recuerda la importancia de los sonidos y de la luz (o su ausencia) para los sistemas de comunicación en la naturaleza, y que tanto la luz artificial de noche, como los ruidos a todas horas trastornan el mundo de los insectos, aves y mamíferos (incluidos nosotros, claro). Escribe que “los habitantes de un ecosistema se repartirán los espacios acústicos para no competir en el ancho de banda”, y si una especie –el ser humano– ocupa todo el espacio sonoro, los otros forzosamente tendrán que callarse. “La Naturaleza ha escuchado a sí misma durante millones de años. Actúa basándose en sus propios sonidos, en un lenguaje que escapa de nuestra comprensión”. Pero ahora un gran silencio se está extendiendo sobre el mundo natural, causado por la contaminación sonora.
Aparte de seguir trabajando para mitigar el cambio climático, para que se transite hacia una agricultura orgánica, para que los paneles fotovoltaicos se instalen sobre los tejados de edificios y no en los espacios naturales, para que se limite la caza, etc., podemos intentar crear entornos –grandes o pequeños– que sirvan como refugio para las aves, que les brinden abrigo y alimentos. Si vivimos en una ciudad, trabajar para que haya más espacios verdes para disfrute y salud de humanos y no humanos. Y si tenemos un patio o jardín, procurar tener algún árbol o al menos algún arbusto y algún cuenco con agua donde los pájaros puedan beber. Y aceptar un poco más de “desorden” y “suciedad”. Los pájaros comen insectos, frutas, bayas y semillas…Por lo tanto, dejar unos rincones con hojas caídas o madera podrida (que son hábitats para muchos insectos), dejar que las flores (o al menos algunas de ellas) produzcan semillas antes de cortarlas, y entender que un coleóptero comiéndose una hoja no significa necesariamente una plaga que haya que eliminar, sino simplemente la presencia de un pequeño eslabón en la cadena trófica.
Y, y además, y sobre todo, y para empezar: buscar un lugar donde la vida no humana todavía no ha sido desahuciada, estarnos quietos ahí, y observar, escuchar, asombrarnos y maravillarnos.
Democracia, paz y libertad en Rojava y Siria
la línea de alta tensión de evacuación de un megaproyecto eólico