“Mi padre nos llevó hacia La Casa Azul como una manera de despedirse sin que lo supiéramos. Hasta lo vimos llorar por primera vez”, dice su hijo, Juan Pablo Escobar.
¿Por qué el capo narco más famoso de la historia volvió en sus últimos días a recuperar una porción de su lado inocente?
Quizá en momentos donde pareciera que no hay punto de retorno, el hombre se vuelve niño. Como si regresar a la infancia lo alejara del infierno inminente. Despojado de intenciones o especulaciones y ambiciones. Sin planes. Cómo si se pudiera vaciarse del mal o del horror causado en el otro.
Corría agosto de 1992 y el imperio de Escobar se descascaraba y derrumbaba como las paredes de su primera casa.
Pablo Escobar tenía una obsesión, o más que obsesión un lugar imaginario donde aferrarse, que sólo los suyos conocían: el color azul claro. Ese color lo acompañó como el juguete que nunca se abandona. Como un escudo. Usaba ese color de ropa. Tenía autos con ese color. Nunca dijo qué le producía ese color. No era un capricho. Era quizá se secreto. Un espejo del color del cielo o del mar.
Pero los días en La Casa Azul mostraron otra versión suya: no era El Patrón, era Pablo Emilio.
La Örbita.