Salmos 119:137-144 (La Palabra)
Señor, tú eres justo, son rectas tus decisiones.
Has establecido tus mandatos con plena fidelidad y justicia.
Mi celo me consume, porque olvidan mis rivales tus palabras.
Tu promesa es genuina, por eso la ama tu siervo.
Soy pequeño y despreciado, mas no olvido tus preceptos.
Tu justicia es justicia perenne, tu ley es fuente de verdad.
Aunque el pesar y la angustia me invadan, tus mandamientos son mi delicia.
Por siempre son justos tus mandatos, hazme entenderlos y seguiré viviendo.
PENSAR: Un asunto fundamental en la vida de la fe es saber distinguir quiénes somos nosotros y quién es Dios. Qué alcance y poder tiene la palabra de Dios, a diferencia de la nuestra. El salmista dice que todo lo que tiene que ver con la palabra de Dios es excelente, es correcto, es justo y fiel; es auténtico, verdadero y genuino, y no falso; es permanente y constante, y es la fuente de toda verdad.
Debemos recordar que, en la cosmovisión hebrea, la verdad no es simplemente la correspondencia entre un fenómeno y su explicación, sólo en el plano intelectual, como lo decían los antiguos griegos. Cuando leemos aquí que la palabra de Dios es fuente de verdad, no se refiere al plano meramente intelectual, sino que incursiona en el terreno de la ética. La verdad según la cosmovisión bíblica es la correspondencia entre lo que se dice y lo que se hace. Por eso existe la expresión “andar en la verdad”, que significa la manera de conducirse por la vida.
La palabra de Dios es delicia y gozo, es disfrute de la vida, es la clave de la felicidad y del florecimiento humano. Y para acabar pronto, la palabra de Dios es la vida. Sin ella, simplemente estamos muertos.
En cambio, nosotros somos pequeños, débiles e inconstantes. Estamos sujetos a nuestros arrebatos emocionales, a nuestros celos partidarios, a nuestras rencillas denominacionales, a nuestras afiliaciones sectarias y divisorias. Tenemos rivales que constantemente nos recuerdan nuestra pequeñez. Somos despreciados, y sentir el desprecio se convierte en un don de Dios, una espina en la carne para recordarnos siempre que nos basta la gracia de Dios.
Como seres humanos, nos invaden el pesar y la angustia, porque no tenemos todo bajo nuestro control. Ni siquiera somos dueños de nuestra vida, y no tenemos en nuestro poder la hora de nuestra muerte. Así de pequeños somos, y así de grande es la palabra de Dios.
Cuando nos damos cuenta de esto, el ministerio deja de ser una carga pesada, y se comienza a convertir en una delicia. Porque lo importante es la palabra de Dios y no los instrumentos imperfectos que somos nosotros. “La palabra que quemó tu boca es la chispa que el viento llevó. Sin que puedas saber a quiénes toca, un gran fuego se encenderá. El Espíritu lo encenderá”.
ORAR: Dios santo, enséñanos a vivir en el poder de tu palabra. Danos tu gracia para que tu poder se perfeccione en nuestra debilidad. Amén.
IR: Una esperanza sin fallos, un amor sin remilgos, un gozo sin excusas y una paz sin explicaciones.