
Sign up to save your podcasts
Or


Todo empezó un lunes por la mañana, cuando Bruno se puso los zapatos y descubrió que le faltaba un calcetín. No uno cualquiera: su calcetín favorito, el de rayas verdes y amarillas con un dinosaurio bordado. —¡Mamá! ¿Dónde está mi calcetín de dinosaurio? —gritó desde su habitación. —¡Mira debajo de la cama! —respondió su madre. Pero debajo de la cama solo había polvo y una galleta vieja. Bruno tuvo que ir al colegio con calcetines diferentes: uno rojo y otro azul. No le hizo ninguna gracia. Pero la cosa no acabó ahí. En el recreo, su amiga Valentina le contó que a ella también le había desaparecido un calcetín. Y a Pablo, el niño de las gafas redondas, le faltaban tres. ¡Tres calcetines! —Eso es imposible —dijo Lucía, la niña más lista de la clase—. Los calcetines no desaparecen solos. —A lo mejor sí —dijo Bruno—. A lo mejor se escapan por la noche. —Los calcetines no tienen piernas —dijo Lucía muy seria. —Técnicamente, están hechos para piernas —respondió Bruno. Lucía puso los ojos en blanco. Al salir del colegio, los cuatro amigos decidieron investigar. Fueron casa por casa preguntando a los vecinos. Y lo que descubrieron fue increíble: a todo el barrio le faltaban calcetines. Al señor García le habían desaparecido siete. La señora Pili había perdido doce. Y don Ramón, el del quinto, juraba que un calcetín se le había escapado volando por la ventana. —Esto es muy raro —dijo Pablo, ajustándose las gafas. —Esto es un misterio —dijo Valentina, emocionada. —Esto necesita un equipo de investigación —dijo Lucía. —Esto necesita un nombre guay —dijo Bruno—. ¡Seremos la Pandilla del Calcetín Perdido! Todos se miraron y, aunque el nombre era un poco tonto, les encantó. Chocaron las manos y la investigación más absurda del barrio acababa de comenzar.
By Relatia.esTodo empezó un lunes por la mañana, cuando Bruno se puso los zapatos y descubrió que le faltaba un calcetín. No uno cualquiera: su calcetín favorito, el de rayas verdes y amarillas con un dinosaurio bordado. —¡Mamá! ¿Dónde está mi calcetín de dinosaurio? —gritó desde su habitación. —¡Mira debajo de la cama! —respondió su madre. Pero debajo de la cama solo había polvo y una galleta vieja. Bruno tuvo que ir al colegio con calcetines diferentes: uno rojo y otro azul. No le hizo ninguna gracia. Pero la cosa no acabó ahí. En el recreo, su amiga Valentina le contó que a ella también le había desaparecido un calcetín. Y a Pablo, el niño de las gafas redondas, le faltaban tres. ¡Tres calcetines! —Eso es imposible —dijo Lucía, la niña más lista de la clase—. Los calcetines no desaparecen solos. —A lo mejor sí —dijo Bruno—. A lo mejor se escapan por la noche. —Los calcetines no tienen piernas —dijo Lucía muy seria. —Técnicamente, están hechos para piernas —respondió Bruno. Lucía puso los ojos en blanco. Al salir del colegio, los cuatro amigos decidieron investigar. Fueron casa por casa preguntando a los vecinos. Y lo que descubrieron fue increíble: a todo el barrio le faltaban calcetines. Al señor García le habían desaparecido siete. La señora Pili había perdido doce. Y don Ramón, el del quinto, juraba que un calcetín se le había escapado volando por la ventana. —Esto es muy raro —dijo Pablo, ajustándose las gafas. —Esto es un misterio —dijo Valentina, emocionada. —Esto necesita un equipo de investigación —dijo Lucía. —Esto necesita un nombre guay —dijo Bruno—. ¡Seremos la Pandilla del Calcetín Perdido! Todos se miraron y, aunque el nombre era un poco tonto, les encantó. Chocaron las manos y la investigación más absurda del barrio acababa de comenzar.